Arte caro, comunicación ausente y mucho Mitote

Este martes, varios funcionarios de comunicación en Torreón podrían competir con la funcionaria de Puerto Vallarta que se volvió viral junto a Franco Escamilla.
Aquella que, ante la pregunta “¿Qué haces en tu trabajo?”, respondió con total honestidad:

“Me la paso bien, tomo mucho y como mucho.”

En La Laguna no están tan lejos.
La diferencia es que aquí, además de “pasarla bien”, también la cobran caro… y lo disfrazan de cultura.

Porque mientras la funcionaria de Vallarta se reía de sí misma, en Torreón parece que la risa cuesta entre $600 y $1,800 pesos.


El escándalo comenzó cuando el propio Antonio Méndez Vigatá, director del Instituto Municipal de Cultura y Educación (IMCE), publicó desde su cuenta personal la promoción del ballet “Giselle” del Ballet de Monterrey, función con la que inicia el Festival del Mitote Lagunero.
Un festival que, en el discurso, fue creado para celebrar la identidad y el arte local, pero que terminó pareciendo más una gala para justificar presupuestos y aplaudirse entre promotores culturales.


Los precios —sin pudor alguno— desataron el mitote digital:

“¿Por qué tan caros los boletos?”
“¿Habrá descuento INAPAM?”
“¿Y el 2×1 cuándo?”

Y los más filosos no se contuvieron:

“¡Mucho más caro que el Ballet Ruso!”
“No, pues aunque quisiera ir… ¡ta bien caro!”

Mientras la polémica ardía, el propio Méndez Vigatá salió a responder los comentarios uno por uno:

“Hola, no, los precios son generales, ya que se trata de una función benéfica.”
“Es con grabación”, contestó cuando preguntaron si habría orquesta en vivo.

El gesto parecía amable, pero la respuesta institucional fue más fría que el aire del Isauro Martínez.


Porque el fondo del debate no era el arte, sino la desigualdad cultural:
¿De qué sirve hablar de “acceso a la cultura” si los boletos cuestan lo que gana una familia en una semana?
¿A quién le sirve un festival “inclusivo” cuando la entrada más barata equivale a un día de salario mínimo?

El Mitote Lagunero, que prometía llevar el arte al pueblo, terminó recordando quién puede sentarse en la platea… y quién se queda mirando desde la galería o desde Facebook.


Y mientras tanto, el área de comunicación cultural sigue desaparecida: sin estrategia, sin autocrítica y sin entender que la conversación pública ya no se dicta desde un boletín, sino desde los comentarios de una publicación en redes.
Hubieran actuado por su jefe, quien se expuso solo a la crítica pública por defender lo indefendible.


Al final, la cultura pública no se mide en funciones benéficas, sino en cuánta gente logra sentirse parte de ellas.

En Torreón, el arte sigue siendo un privilegio.
Y la verdadera función de gala se da en los comentarios: ahí donde la ciudadanía —sin maquillaje ni telón— le recuerda al poder cultural que, por más mitote, el público siempre tiene la última palabra.


Esperemos que este Mitote Lagunero no termine como su propia protagonista.
El ballet Giselle narra la trágica historia de una campesina enamorada del conde Albrecht, quien se disfraza de aldeano para cortejarla.
Al ser desenmascarado, Giselle enloquece y muere de pena.
En el segundo acto, su espíritu se une a las Willis, mujeres traicionadas que vagan entre la vida y la muerte.
Pero el amor de Giselle logra algo que en la política y la cultura local todavía no:
redimir al traidor.

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