
Los Judas laguneros: el beso que traiciona… y las monedas que compran lealtades

En política, el problema no es que haya traidores… es que ya se volvieron predecibles. El “Judas moderno” no aparece con monedas en la mano, sino con discurso renovado, conferencia de prensa y una labia cuidadosamente armada para justificar lo inevitable: el cambio de bando cuando el poder cambia de dueño. Porque aquí no se trata de convicciones, se trata de intereses personales. Y el que entiende la labia… sobrevive.
El 18 de octubre de 2018 quedó registrado uno de los movimientos más representativos en la política de Coahuila. Luis Fernando Salazar Fernández, tras 20 años de militancia en el PAN, decidió abandonar el partido argumentando falta de empatía, un rumbo perdido y un distanciamiento con la ciudadanía. Recordó que ingresó desde joven con la intención de combatir injusticias, construyendo un discurso sólido… hasta que se observa el contexto: Morena acababa de ganar la Presidencia de la República con un arrastre histórico. No fue solo un cambio ideológico, fue una lectura del momento. En política, a eso no se le llama traición… se le llama oportunidad bien calculada.
Pero el antecedente ya marcaba la ruta. Salazar había descalificado el proceso interno del PAN para definir candidato a la gubernatura tras elegir a Memo Anaya como el perfil “más competitivo”; sin embargo, días antes él mismo había declinado y se había sumado a esa precandidatura, asegurando que dejaba de lado sus aspiraciones por el bien del partido. En política, cuando te piden hacerte a un lado, no es integración… es la antesala para quedar fuera.
El caso de Shamir Fernández Hernández repite la fórmula. El 18 de agosto de 2022 renunció al PRI siendo diputado federal, en medio de tensiones con la dirigencia nacional, y para el 27 de agosto del mismo año ya era recibido —con aplausos— en la bancada de Morena. Su salida no pasó desapercibida: fue señalado como traidor, mientras él justificó su decisión afirmando que el PRI había desviado sus ideales y que no coincidía con la dirigencia nacional. Desde el propio priismo, la reacción fue directa; el diputado federal José Antonio Gutiérrez Jardón calificó el hecho como una falta de lealtad, señalando que el partido le había dado cargos, posiciones e incluso una notaría, y que su decisión respondía más a intereses personales que colectivos.
Y si de rupturas selectivas se trata, el caso de Ricardo Mejía Berdeja en enero de 2023 confirma que el fenómeno no distingue colores… ni lealtades. Tras perder la encuesta interna de Morena rumbo a la gubernatura de Coahuila, desconoció el proceso, lo calificó como “mercadeo” y decidió irse por el Partido del Trabajo. El entonces presidente Andrés Manuel López Obrador se desmarcó públicamente; era subsecretario de Seguridad y dejó el cargo sin mayores formas. El resultado fue claro: no ganó la elección y su participación terminó fragmentando el voto de la 4T frente a la candidatura de Armando Guadiana. En clave política —y más aún en estos días santos—, el episodio fue leído por muchos como un acto de “Judas”: no una ruptura por principios, sino una salida en el momento exacto en que el proyecto dejó de favorecerlo.
Se habló de un movimiento dividido desde dentro, de intereses cruzados y de una ambición que terminó debilitando lo que ya se venía construyendo. Porque en política, como en la historia bíblica, la traición no siempre viene del adversario… viene desde adentro. Más allá de las versiones, el caso dejó una lección clara: las lealtades pueden ser temporales y el poder suele definirlas. Y como suele ocurrir, el tiempo terminó acomodando las piezas: para 2024, Mejía Berdeja ya reaparecía respaldando al mismo proyecto que había cuestionado. Porque aquí no se rompen relaciones… se suspenden hasta nuevo aviso. Cuando se alinean estos casos, el patrón deja de ser coincidencia: el Judas político no cambia por convicción, cambia cuando cambia el poder. Nadie se va cuando todo está perdido; se van cuando aún pueden negociar su valor. Nadie rompe por principios sostenidos en el tiempo; rompen cuando se cierra una candidatura. Y nadie llega a un nuevo partido por vocación ideológica pura; llegan donde hay viabilidad electoral. Eso no es evolución política… es supervivencia con cálculo fino.
Pero si alguien cree que este fenómeno se limita a los partidos, basta asomarse a la administración municipal de Torreón. En el entorno del alcalde Román Alberto Cepeda, la palabra traición ya no es metáfora, es clima interno. Cambios constantes, ajustes, salidas discretas y otras no tanto. Cuando el poder empieza a sentirse temporal, la lealtad deja de ser institucional y se vuelve personal. Sus funcionarios comienzan a jugar su propio cierre. Porque en política, cuando se acerca el final de ciclo, no todos piensan en dejar legado… muchos piensan en asegurar futuro. Y aquí no se puede hablar de un solo nombre como “Judas”; la desconfianza se ha extendido incluso al círculo más cercano. Basta preguntar —dicen en corto— por el exjefe policiaco César Perales, hoy en una especie de exilio político, a quien en su momento se le habría prometido respaldo tras los hechos de Nuevo Mieleras, pero que terminó fuera del tablero. Versiones apuntan a que, en su intento por salvarse, podría poner sobre la mesa responsabilidades incómodas, incluso dentro de la propia estructura. Tampoco es un caso aislado: se recuerda cómo, al perfilarse que no sería candidato a gobernador, el propio Román comenzó a marcar distancia con todo lo que oliera a la estructura estatal, operando ajustes internos y conteniendo narrativas a través de perfiles como Héctor Estrada desde Desarrollo Social. En política, cuando el futuro se complica, la lealtad empieza a negociar su salida.
Ahí es donde los nombres comienzan a moverse no por acusaciones directas, sino por lectura política. Operadores que construyen narrativa mientras ajustan posiciones, perfiles con vínculos cruzados y estructuras más preocupadas por sobrevivir que por sostener un proyecto. En ese contexto, nombres como el de Yohan Uribe —señalado por distintos actores internos como operador de las traiciones internas desde Comunicación Social en los reacomodos y fracturas internas— aparecen con frecuencia en la conversación pública como piezas dentro de un tablero donde las lealtades son cada vez más frágiles. Otros perfiles, particularmente en áreas como Urbanismo, también han sido mencionados en corrillos políticos por priorizar intereses propios en medio del reordenamiento interno. Y mientras tanto, varios ex integrantes del llamado Grupo Torreón saltaron del barco para irse con los cepedistas, diluyéndose entre aspiraciones personales y cálculos políticos, en una lógica que cada vez se parece menos a estrategia y más a una fila improvisada donde todos buscan turno… antes de que se apague la luz.
Porque al final, en política, el Judas no siempre es el que se va… muchas veces es el que se queda esperando el momento exacto para cambiar. Y en este tablero, donde todos juegan a sobrevivir, la traición dejó de ser excepción: es herramienta. Por eso la pregunta incómoda no es quién traiciona… sino cuándo. Porque en esta historia, el próximo Judas podría estar más cerca de lo que parece: en la foto, en la reunión… o incluso en el espejo. Y entonces la pregunta ya no es política, es personal: ¿a usted ya lo cambiaron por monedas… o estaría dispuesto a cambiar a alguien por ellas?
