Censura y crisis de comunicación en Torreón: el caso que exhibe al Ayuntamiento

Acompáñenme a ver esta historia —no tan nueva— del Municipio de Torreón. Una ciudadana comenta en la página oficial de Facebook, ejerce su derecho a opinar y recibe respuesta. Hasta ahí, todo dentro de lo esperado en una comunicación institucional. El problema viene después: el tono de la respuesta y lo que ocurre con el comentario. Porque no fue una contestación informativa, sino una reacción personal desde una cuenta pública. Y ahí es donde se rompe la línea institucional.

La respuesta del Municipio no deja espacio a interpretaciones. Textualmente se lee: “Ayy con mucho dolo, ¿te dio mucho coraje, verdad? De seguro una MUJER TRANS te bajó a tu vato…”. No es un error de redacción ni un matiz mal entendido. Es una cuenta oficial respondiendo con sarcasmo, insinuaciones personales y lenguaje inapropiado. El problema no es solo lo que se dijo… sino desde dónde se dijo.

Después viene lo siguiente: el comentario desaparece o se limita. Y entonces la historia deja de ser un intercambio digital para convertirse en un tema de fondo: ¿puede una autoridad responder así y luego borrar la evidencia? Porque cuando una institución decide qué se queda visible y qué no, la conversación deja de ser pública… y pasa a ser administrada.

Pero detrás de todo esto hay algo más profundo. Una lógica que se repite dentro del área de Comunicación Social del Ayuntamiento de Torreón: “Dice mi jefe que es mejor no comunicar ciertos temas”. Y ahí está el verdadero punto de quiebre.

Porque mientras deberían plantear una ruta clara para abordar temas de crisis —como el agua—, explicar qué está fallando en los pozos de SIMAS y por qué falta el servicio, la decisión termina siendo otra: no decir nada. Apostar a que la gente no se dé cuenta.

Y esa estrategia, en los hechos, ya quedó rebasada.

Este estilo no es nuevo. Durante la segunda administración de Román Alberto Cepeda, con Comunicación Social bajo Yohan Uribe, ya se habían observado señales de fracaso en el control de la narrativa. Basta recordar el intento de “mañaneras” municipales: solo fueron dos. En la segunda, tras cuestionamientos sobre contratos vinculados al mantenimiento de pozos de SIMAS, la reacción fue evidente: desorden, falta de respuestas y eliminación de la transmisión.

Desde este año, el patrón se repite. En lugar de explicar los temas de fondo, se recurre a distractores mediáticos, utilizando medios afines y redes sociales para intentar marcar la agenda. Ahí aparece Servicios Públicos con figuras como Fer Villarreal, generando contenido que parece orgánico, pero que termina exhibiendo montajes: mucho ruido… poco fondo.

Porque el fondo no cambia. SIMAS sigue siendo el punto incómodo. El estado de los pozos, el mantenimiento, la presión del agua y las fallas en el suministro continúan sin una explicación clara, constante y técnica hacia la ciudadanía. Y cuando no se comunica, no es que no pase nada… pasa algo peor: la gente llena ese vacío con molestia.

El contraste es evidente. La rapidez para responder a una ciudadana no se observa cuando se trata de explicar por qué falta el agua, cuándo se resolverán las fallas o qué soluciones existen. Ahí, la comunicación se vuelve lenta o inexistente.

Muchos señalan que deberían poner a trabajar a Comunicación Social, porque no basta con subir videos del alcalde. Borrar un comentario no borra el problema: solo lo desplaza. Hoy la conversación no vive en una sola página; vive en capturas, grupos y memoria digital. Y cuando una ciudadana se siente respondida de forma inapropiada y silenciada, el problema escala: ya no es digital… es político.

Al final, el Ayuntamiento puede administrar su página, pero no la percepción pública. En una época donde todo se documenta, lo que se borra no desaparece… se multiplica.

Y aquí es donde vale la pena responder con claridad: ¿qué hacer?

Sin rodeos: comunicar antes, no después; explicar, no reaccionar; anticipar, no ocultar. Porque decirle a la gente qué está pasando con el agua, qué falla en los pozos y cómo se va a resolver —incluso con apoyo de pipas— no genera crisis: la evita. Lo que sí genera crisis es el silencio.

Remate: En Torreón, el problema no es lo que se viraliza —como “Tontín”—, sino lo que se decide no comunicar: el agua, SIMAS y una realidad que ya nadie puede ocultar.

Preguntas oficiosas:

¿Las víctimas del presunto cártel inmobiliario en Torreón siguen teniendo esperanza… o ya se preparan para otra promesa incumplida? Este miércoles se cumple el plazo que el secretario de Gobierno, Óscar Pimentel, estableció para la entrega de predios. Sin embargo, en los hechos, no hay señales claras de seguimiento: no hubo presencia del Instituto Estatal de la Vivienda ni acercamiento por parte de David Flores Lavenant, de la Secretaría de Desarrollo Regional; no se entregaron ubicaciones ni se solicitó documentación. Más que un proceso en marcha, lo que se percibe es incertidumbre. Y en política, cuando falta operación, lo que sobra es duda.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿se resolverá el compromiso o comenzará una nueva etapa de presión social? Desde las propias víctimas se advierte que, de no cumplirse la palabra, vendrán manifestaciones diarias en Torreón. Porque cuando una autoridad fija una fecha y no la respalda con acciones, el costo ya no es administrativo… es de credibilidad. Y en este caso, lo que está en juego no es menor: es el patrimonio y la confianza en las instituciones.


¿Encuestas de risa en Torreón… entre bots, Bieber y Trump?

En esta temporada preelectoral, las encuestas en redes sociales se han convertido en el nuevo termómetro… o al menos en el intento. Proliferan ejercicios que imitan formatos tipo Mitofsky, pero con la ligereza de un clic y la intención clara de generar interacción más que medición real. En un sondeo en Facebook, para el Distrito XI de Torreón, aparecen nombres como Hugo Dávila (PRI), Fernando Hernández —esposo de Cintia Cuevas— (Morena), Jaime Cleofas Martínez Veloz (MC) y Claudia Álvarez Hernández (PAN), en una dinámica donde las reacciones sustituyen la metodología. Aquí no hay muestra representativa ni margen de error… pero sí estrategia: posicionar nombres, medir ruido y ganar percepción… incluso con bots dignos de Justin Bieber o Trump.

El fondo es más interesante que la forma: ¿quién mide a quién en estas encuestas? Porque lejos de reflejar intención de voto, muchas exhiben estructuras digitales, simpatías organizadas y hasta resultados inflados —incluyendo perfiles que ni Facebook reconoce—. En política, la percepción cuenta, pero no todo lo que brilla en redes es voto en la urna. Y mientras algunos juegan a “ganar” encuestas digitales, la elección real se define con estructura, territorio y credibilidad.

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