Día del Niño en La Laguna: entre balaceras, drenajes colapsados y falta de agua

Cristian tenía siete años. Soñaba con ser policía para salvar vidas. El próximo 25 de abril cumpliría ocho. Pero no llegó. Murió el 8 de abril, en el fraccionamiento UrbiVillas, en Gómez Palacio. Lo que debió ser una caminata cotidiana se convirtió en una pesadilla al quedar atrapado en una balacera. No tenía relación con ningún conflicto. No estaba en “el lugar equivocado”… estaba en su lugar: su colonia, su rutina, su infancia. Y aun así, le tocó la bala.

Hoy, 30 de abril, Día del Niño. Hay globos, festivales y discursos. Pero también hay historias como la de Cristian. Celebrar la infancia sin revisar su realidad es, en el mejor de los casos, ingenuidad; en el peor, simulación. La Laguna está criando niñas, niños y adolescentes en medio de una contradicción brutal: hablamos de futuro, pero les estamos entregando un presente quebrado. En Torreón, colonias del oriente se han quedado sin agua por fallas en pozos como el 76, al grado de abastecer escuelas con pipas. En Gómez Palacio, el drenaje no solo huele mal: ya suma más de 25 mil reportes por colapso. Y cuando un niño crece entre agua ausente, aguas negras presentes y violencia cotidiana, el problema deja de ser urbano: se vuelve emocional, social y político.

La infancia lagunera no vive en estadísticas; vive en calles donde el drenaje se desborda, en escuelas donde falta prevención y en colonias donde la seguridad llega después del daño. Días después del caso de Cristian, otra alerta: en la Escuela Secundaria Centenario de la Revolución, una menor de 13 años fue atacada con arma blanca por una compañera durante el receso. No son hechos aislados: son síntomas. La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es clara: los municipios tienen a su cargo agua potable, drenaje, alcantarillado, limpia, calles, parques, jardines, seguridad pública y tránsito. Es decir, el municipio no es adorno administrativo ni ventanilla para cortar listones; es el primer respondiente de la vida diaria.

Y en materia de infancia, la responsabilidad no termina en “eso le toca al estado” o “eso es de la escuela”. El Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes ha señalado que los municipios son espacios donde se desarrolla la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes, por lo que requieren programas de protección alineados para garantizar sus derechos. Dicho sin maquillaje: si el niño no tiene agua, camina entre aguas negras, no tiene parque seguro, vive violencia cerca de casa o llega armado emocionalmente a la escuela, el municipio ya llegó tarde. La violencia no solo mata cuerpos; también rompe historias. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia advirtió que en 2026 la violencia contra niñas, niños y adolescentes exige prevención, protección y respuesta desde salud, educación y protección social, mientras que la Red por los Derechos de la Infancia en México documentó que 3.3% de adolescentes de 12 a 17 años reportó ideación suicida reciente. Traducido: hay una generación creciendo con miedo, enojo o vacío… y sin suficientes redes para procesarlo.

Por eso la pregunta incómoda no es solo quién disparó, quién agredió o quién administró mal el drenaje. La pregunta de fondo es otra: ¿qué sistema municipal está viendo a tiempo a sus niños? Torreón y Gómez Palacio deben entender algo básico: la infancia no se protege con comunicados, sino con coordinación real. Seguridad Pública, Salud Municipal, Educación, Protección Civil,SIMAS, SIDEAPA , Obras Públicas municipales no pueden operar como islas. El niño que vive sin agua también vive estrés, la adolescente que agrede con un cuchillo probablemente ya venía gritando por dentro, y Cristian no fue daño colateral: fue la evidencia más dura de un entorno que falló antes.

La responsabilidad municipal implica prevenir, detectar, canalizar y acompañar. Agua y drenaje también son política de infancia. Alumbrado y espacios públicos también son salud mental. Policía de proximidad también es prevención emocional. Y una escuela segura no empieza en la puerta del plantel: empieza en la colonia. La Laguna necesita dejar de ver a sus niños como beneficiarios de campañas y empezar a tratarlos como ciudadanos en formación, porque cuando una ciudad no cuida a sus infancias, luego no debe sorprenderse de sus adolescencias rotas. Hoy, 30 de abril, la pregunta no es qué regalo reciben los niños… sino en qué realidad los estamos obligando a crecer. Y ahí sí, ni las pipas, ni los discursos, ni las lonas alcanzan para tapar el drenaje moral.

Agua que no llega e n Torreón … mensaje que tampoco

En Torreón, la crisis del agua dejó de ser técnica… y se volvió política. No por el origen —sequía, abatimiento de pozos— sino por la forma en que se comunicó. Porque cuando la explicación llega tarde, la calle habla primero. Y hoy habló con bloqueos, gritos y conatos de violencia.

La escena en la avenida Bravo lo resume sin adornos: vecinos cerrando el paso, automovilistas desesperados, reclamos directos —“No eres la única a la que le tandean el agua”— y un ambiente donde la paciencia se agotó. En el periférico, un conductor estuvo a punto de arrollar a un manifestante. No es solo falta de agua… es pérdida de control.

El mensaje del alcalde Román Alberto Cepeda intentó contener la crisis desde lo técnico: “no fueron fallas… se disminuyó el volumen del agua”. También apeló a lo global: “es un fenómeno inevitable… pasa en todos los municipios”. El problema es que ese discurso puede ser correcto en escritorio… pero en la calle no resuelve nada. Cuando no hay agua, la gente no distingue entre “abatimiento” o “falla”: distingue entre tener o no tener.

Ahí es donde la comunicación se rompe. Porque insistir en que “se está atendiendo de manera inmediata” pierde peso cuando la reacción institucional llega después del bloqueo, no antes. Y porque hablar de perforación de pozos o interconexiones suena a futuro… cuando la exigencia es presente. Más aún, el propio mensaje cae en contradicción: no hay fallas, pero sí “problemas inmediatos”. Traducido: sí hay fallas… pero no se quieren llamar así.

Mientras tanto, en la calle ocurre lo inevitable: la protesta se vuelve lenguaje. Para muchos ciudadanos, bloquear no es opción… es último recurso. “No es la mejor forma, pero es la única para ser escuchados”. Y ahí aparece la otra cara: la fractura social. Porque el que protesta exige… y el que queda atrapado en el tráfico también reclama. Empatía y enojo conviven en el mismo carril.

El fondo es más delicado de lo que parece. No es solo agua: es confianza. Cuando los recibos llegan puntuales pero el servicio no, el mensaje institucional pierde credibilidad. Y cuando la autoridad explica pero no resuelve en tiempo, el ciudadano deja de escuchar… y empieza a presionar.

Aquí hay una lectura adicional que corre en pasillos: la operación de comunicación en SIMAS no solo no contuvo… en algunos casos amplificó el problema. Reacomodos internos, decisiones cuestionadas y un estilo que privilegia el discurso sobre la reacción inmediata dejaron un vacío. Y en política, vacío que dejas… alguien más lo ocupa.

Aquí hay una lección que no admite maquillaje: en crisis, comunicar no es justificar… es anticipar, contener y dar certezas visibles. Lo demás —datos técnicos, diagnósticos globales— sirve, pero no sustituye lo esencial: agua en la llave y respuesta en tiempo real.

Porque en Torreón hoy quedó claro algo incómodo:
la sequía baja el nivel de los pozos…
pero la mala comunicación vacía la confianza.

Y esa, cuando se pierde, no se recupera con discursos… sino con resultados.

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