
En campaña todos abrazan… hasta a quien no soportan

Estamos en la temporada de los abrazos electorales: donde los candidatos dan abrazos a vecinos que llevan días sin bañarse ante la falta de agua, pero siguen usando la misma playera partidista que ya sobrevivió más campañas que algunos candidatos; o con niños que lloran mientras los cargan desconocidos para la fotografía; abrazos con sonrisas que aparecen tan rápido como llegan las brigadas políticas y desaparecen casi con la misma velocidad. Porque en Coahuila se vive la elección de diputaciones locales y Torreón volvió a convertirse en uno de los principales campos de disputa política rumbo al 2027.
La política entendió hace siglos que el abrazo pocas veces es solamente afecto, como el Abrazo de Acatempan: un momento que no representó cariño, sino negociación, acuerdos y reacomodo de poder. Desde entonces la lección quedó aprendida: algunos abrazos unen causas, otros construyen alianzas y otros simplemente buscan salir bien encuadrados para la fotografía.
Y la comunicación política no verbal tiene reglas que rara vez fallan. Las distancias entre personas hablan; quién abraza primero habla; quién mira a la cámara y quién mira al candidato habla; quién aparece al centro de una fotografía y quién queda en la esquina también habla. La política tiene algo de teatro: el libreto puede decir unidad, pero el cuerpo suele filtrar la verdad.
Aquí lo hemos escrito varias veces: esos abrazos orquestados cada vez convencen menos. No hablamos de las imágenes institucionales entre liderazgos consolidados; hablamos de los nuevos acomodos internos que comenzaron a moverse durante estas campañas.
Hace poco escribíamos sobre el senador morenista Luis Fernando Salazar, hoy visible respaldando recorridos y actividades con solo tres de los cuatro candidatos de Torreón, como con Antonio Attolini, con quien había mantenido un distanciamiento bastante visible pese a llamarse hermanos no hace mucho, y apenas a poco más de la mitad de la campaña volvieron a coincidir. Se especula el motivo de esa separación; algunos dicen que porque no tomaron en cuenta a Attolini otra vez como plurinominal de primera línea; es suplente. Pero Luis Fernando también apareció junto a “Pily” de Aguinaga, con quien se tomó fotos y hasta se grabaron reels que hacían evidente la tensión: manos sin saber dónde colocar y ojos perdidos, porque Pily es esposa de Shamir Fernández, uno de los contrincantes internos de Salazar por la candidatura de Morena por Torreón.
Del lado panista también aparecen escenas similares. Grupos que antes caminaron rutas distintas hoy comparten recorridos, fotografías y actividades junto al único candidato fuerte de Torreón, Gerardo Aguado, quien se hace acompañar de los diputados federales Memo Anaya y Marcelo Torres, el otro bloque del panismo lagunero, quienes se sabe se peleaban el control de lo que queda del partido, pero hoy se sabe que al menos tanto Memo como Gerardo buscarán la candidatura por la alcaldía.
Y en el PRI ocurre algo parecido. Verónica Martínez, Felipe González y Hugo Dávila aparecen juntos, proyectando unidad institucional. Sin embargo, la comunicación no verbal suele ser cruel con quienes intentan controlar demasiado la escena: una separación física, un acomodo distinto o incluso quién recibe más atención en un evento termina alimentando interpretaciones entre operadores políticos que viven leyendo fotografías como si fueran radiografías políticas.
Pues si hablamos de abrazos fue la incorporación pública de perfiles provenientes de Morena al proyecto de Hugo Dávila, algunos exlíderes que también se abrazaban de Luis Fernando y Cintia Cuevas. Más allá de discutir si son nuevos liderazgos o cuadros reciclados, el mensaje político estuvo en otro lado: este evento de Hugo lo coordinó a la distancia el PRI Saltillo, pues vino a resarcir el que le organizó su jefe de prensa, el funcionario municipal Yohan Uribe, #LoFragmentado, que parece más su enemigo que operador. Incluso se sabe que Uribe opera páginas de Facebook, reviviendo desaciertos de Hugo y glorificando a otros candidatos de su propio partido. La rueda de prensa en El Pinabete, con tufo a Morena, tuvo un detalle importante: el espaldarazo por la presencia de Ernesto Cepeda, «El Güero Minivaquero», coordinador de campaña de Hugo y hijo del alcalde.
Dicen asistentes que Ernesto Cepeda mantuvo perfil bajo y cedió reflector al candidato. Parece algo menor, pero en comunicación política no lo es. El verdadero operador no siempre aparece al frente; muchas veces el que controla la estructura procura no verse demasiado. Porque cuando los reflectores apuntan hacia todos, alguien tiene que estar moviendo el interruptor.
Al final, los abrazos políticos funcionan como las campañas mismas: duran unos segundos para la foto, pero lo que realmente importa es lo que ocurre cuando se apaga la cámara, como la reciente comida de Verónica con uno de sus coordinadores de manera privada casi frente al TSM. La pregunta es otra: ¿qué habrá ofrecido de comer la candidata por el Distrito 09?
Porque el cuerpo casi nunca miente… y los operadores casi nunca abrazan gratis.
Y estas campañas dejaron algo claro: algunos abrazos son de afecto, otros de negociación y varios parecen garantía extendida rumbo al 2027. Porque en política muchos dicen que se dan la mano por principios, aunque varios terminan abrazándose por supervivencia. Y pasando la elección, más de uno descubrirá que esos abrazos eternos duran menos que un lonche de campaña olvidado en una camioneta bajo el sol lagunero.
