EL TESORERO QUE SE SINTIÓ INTOCABLE

Hay funcionarios que entienden que administrar dinero público exige prudencia, humildad y responsabilidad.

Y hay otros que después de pasar demasiados años cerca de las cajas del poder terminan desarrollando algo mucho más peligroso:

La sensación de sentirse intocables.

Ese parece ser exactamente el caso del tesorero municipal de Torreón.

Un personaje que no solamente arrastra años de cuestionamientos, observaciones y escándalos

sino que además hoy actúa con una soberbia que raya en lo absurdo.

Porque el problema ya ni siquiera es únicamente su historial.

El problema es cómo se conduce.

La forma déspota de tratar a la gente.

La actitud retadora.

La arrogancia con la que se mueve dentro del Ayuntamiento.

El tono de superioridad con el que intenta intimidar a funcionarios, empresarios, proveedores y actores políticos.

Como si no administrara recursos públicos…

sino como si fuera dueño del gobierno.

Y quizá parte de esa soberbia nace de algo que él mismo presume constantemente:

su supuesta cercanía y trato directo con los altos mandos del gobierno estatal.

Como si mencionar nombres y presumir relaciones políticas automáticamente justificara su comportamiento.

Como si sentirse protegido le permitiera actuar sin límites.

Pero si realmente cree que esa cercanía valida su forma de operar, entonces el daño ya no sería solamente para el gobierno municipal.

También terminaría golpeando al gobierno estatal.


Porque un funcionario con esa actitud, con ese historial y con esa fama tarde o temprano termina convirtiéndose en un problema político para cualquiera que aparezca cerca de él.

Y la historia siempre termina igual.

Al principio se sienten discretos.

Inteligentes.

Invisibles.

Creen que mientras ellos no aparezcan en espectaculares o campañas nadie los observa.

Pero la ciudadanía escucha.

Los empresarios hablan.

Los proveedores cuentan historias.

Los pasillos políticos filtran información.

Y tarde o temprano la ciudad empieza a unir los puntos.

Las licitaciones.

Los contratos.

Los pagos condicionados.

Los rumores de diezmos.

La presión política desde Tesorería.

La intervención en decisiones que ni siquiera le corresponden.

Porque hoy ya no se habla de un tesorero técnico.

Se habla de un operador político obsesionado con controlar todo.

Y ahí están las consecuencias.

El conflicto con el sindicato municipal exhibió exactamente lo que muchos ya venían diciendo:

que el problema no era financiero.

Era él.

Su arrogancia.

Su necesidad de confrontar.

Su obsesión por doblar gente.

Su manera hostil de tratar a quienes no se alinean.

Como si el presupuesto pudiera utilizarse para humillar políticamente.

Y quizá lo más delicado es que mientras más se siente protegido…

más empieza a actuar como alguien que cree que nunca tendrá consecuencias.


Pero Torreón tiene memoria.

Y el pasado pesa.

Porque hablamos del mismo personaje que durante años ha sido relacionado con observaciones, redes de poder, escándalos públicos y señalamientos sobre empresas utilizadas para beneficiar intereses políticos y económicos.

El mismo que en otro momento terminó envuelto en la vergonzosa polémica de compras de Viagra y tratamientos para hemorroides pagados con recursos públicos.

Sí.

Ese mismo personaje hoy pretende venderse como el gran administrador serio y discreto.

Pero el problema de quienes viven demasiado tiempo alrededor del dinero público es que terminan creyendo que pueden esconderlo todo para siempre.

Hasta que un día salen las cuentas.

Salen los contratos.

Salen las relaciones.

Salen las empresas.

Y sale también la verdadera dimensión del daño que hicieron mientras se sentían intocables.

Y quizá por eso algunos comienzan a ponerse nerviosos.

Porque pruebas existen.

Documentos existen.

Historias existen.

Y expedientes también.

Solo basta preguntarle al señor del cuarto oscuro.

Ese que guarda silencios.

Ese que conoce cómo se movieron realmente muchas cosas dentro del poder.

Ese cajón donde tarde o temprano terminan apareciendo contratos, nombres, relaciones y operaciones que durante años intentaron mantenerse lejos de la luz pública.

Porque en política hay algo inevitable:

Los funcionarios SOBERBIOS siempre creen controlar la historia… hasta que la historia termina exhibiéndolos

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