Riquelme VOLVERÁ a gobernar Torreón: el 2026 ya no es el 2014

La política suele dar segundas oportunidades, pero rara vez las concede en circunstancias tan complejas como las que vive hoy Torreón. Si el Congreso del Estado ratifica la propuesta el próximo 30 de junio y, posteriormente, el 2 de julio, en sesión solemne de Cabildo, Miguel Ángel Riquelme Solís rendirá protesta nuevamente como presidente municipal para concluir el periodo constitucional iniciado por Román Alberto Cepeda González, cuyo fallecimiento, el pasado 5 de junio, dejó un profundo vacío político e institucional. Román, un servidor público con más de tres décadas de trayectoria, merece ser recordado con respeto por su legado y por el trabajo que realizó al frente del Ayuntamiento.

A diferencia de aquel 1 de enero de 2014, cuando Miguel Riquelme rindió protesta primero en sesión de Cabildo y, posteriormente, en el Teatro Nazas, ante más de mil 400 asistentes, en una ceremonia que marcó el inicio de una administración surgida de las urnas, esta vez el acto tendría un carácter sobrio e institucional. La sesión solemne de Cabildo se llevaría a cabo al mediodía en el Salón de Cabildo de la Presidencia Municipal, con la presencia del gobernador Manolo Jiménez, lo que sería un hecho de relevancia política, pues sería la primera ocasión en que un gobernador asistiría a una sesión solemne de Cabildo para la toma de protesta de un presidente municipal en las instalaciones de la Presidencia Municipal de Torreón. Más que un acto protocolario, representaría un respaldo al regreso de Miguel Riquelme al gobierno municipal. También se prevé la asistencia de empresarios, legisladores y funcionarios. Su designación es un mecanismo legal previsto para garantizar la continuidad institucional y evitar un vacío de poder. Por esa misma razón, también deberá desarrollarse el correspondiente proceso de entrega-recepción conforme a la legislación vigente, aun cuando se trate de una sustitución dentro del mismo periodo constitucional. De concretarse el nombramiento, Riquelme iniciaría su segundo periodo como presidente municipal de Torreón, con un Cabildo que no emana de él; luego de haber gobernado entre 2014 y 2016, cuando solicitó licencia para competir por la gubernatura.

Pocos políticos coahuilenses tienen una trayectoria electoral comparable. Miguel Riquelme ganó la alcaldía de Torreón en 2013 con 81 mil 852 votos, cerca del 43 por ciento de la votación, superando por más de 14 mil sufragios a su principal adversario. Recuerdo que al día siguiente de aquella elección, en las oficinas del PRI municipal, una periodista de Animal Político le preguntó cómo pensaba gobernar para la mayoría de los ciudadanos que no había votado por él. No recuerdo la respuesta, pero sí sus acciones. Apenas inició su administración, en enero de 2014, mantenía una agenda de hasta dos eventos públicos diarios. Incluso, durante un acto en la Plaza de Armas, envió un mensaje que muchos interpretaron como el nacimiento de su propio liderazgo: pidió que le recordaran a Eduardo Olmos Castro, su antecesor y hoy secretario del Ayuntamiento, que él ya no era el alcalde y que dejara atrás el «síndrome de la silla presidencial».

Aquella determinación marcó su carrera política. Durante su Segundo Informe de Gobierno como gobernador expresó, sin rodeos: «Sí quiero ser gobernador de Coahuila». Meses después ganó la elección de 2017 con 482 mil 891 votos (38.19 %), en una de las contiendas más cerradas de la historia reciente del estado, resultado que posteriormente fue confirmado por los tribunales electorales. Más tarde obtuvo una senaduría y, en 2026, el grupo político con el que se le identifica volvió a demostrar su fortaleza al ganar los 16 distritos locales, con alrededor del 55 por ciento de la votación estatal. Sin embargo, su mayor desafío ya no será acumular triunfos en las urnas, sino convertir esa experiencia en resultados para un Torreón completamente distinto al que gobernó hace doce años.

Nadie esperará de Riquelme un periodo de adaptación. La ciudadanía exigirá resultados desde el primer día. Su principal reto será conciliar: hacerlo con un gabinete integrado por funcionarios de distintas etapas; con un Cabildo que no emana de él, donde únicamente el doctor Roberto Bernal, quien fuera su secretario de Salud, forma parte de los integrantes con los que mantiene una relación política previa; con empresarios que demandan certidumbre; restablecer límites y una nueva relación institucional con el gobierno estatal, entendiendo que ahora pertenece a una nueva generación política encabezada por Manolo Jiménez; construir acuerdos con los diputados locales de reciente elección, que representan una nueva camada de liderazgos dentro del PRI; y responder a una sociedad mucho más participativa, crítica y exigente que la de hace una década.

En ese contexto, diversas versiones al interior del nuevo y ya viejo Ayuntamiento señalan que ya se realiza una evaluación integral de las dependencias municipales. La estrategia consistiría en mantener temporalmente a varios directores mientras concluye el proceso formal de entrega-recepción y, posteriormente, realizar los ajustes necesarios para evitar que la administración se detenga durante la transición. Las mismas versiones apuntan a que áreas como el SIMAS, Urbanismo, Catastro y el Sistema Integral de Mantenimiento serían de las primeras dependencias sujetas a revisión debido al número de quejas ciudadanas acumuladas. Entre los nombres que con mayor frecuencia aparecen en esas versiones se encuentra el de Víctor Navarro, quien durante la administración de Riquelme presidió el Consejo de Administración de SIMAS y formó parte de un círculo de confianza que hoy atraviesa un desgaste por el paso del tiempo y la propia dinámica administrativa. En el caso de Urbanismo, distintos sectores cuestionan la gestión de Gustavo Muñoz y del equipo que lo acompaña, por lo que esa dependencia también figura entre las áreas que podrían ser objeto de una revisión más profunda. La revisión, según esas mismas fuentes, no sólo alcanzaría a directores, sino también a mandos medios y personal operativo. No falta quien afirme que cada día es más larga la fila de funcionarios que buscan regresar al llamado Grupo Torreón, a quienes recitan el famoso verso de El Chavo del 8, «El perro arrepentido», como una forma de describir esos repentinos cambios de lealtad política.

Su eventual regreso también reabrirá el debate sobre las obras que marcaron su paso por el Ayuntamiento y el Gobierno del Estado. Ahí están el Paseo Morelos, que transformó el Centro Histórico y pasó de ser una de las obras más cuestionadas a convertirse en uno de los principales corredores peatonales, comerciales y turísticos de la ciudad; la Línea Verde, concebida como un corredor de integración social y deportiva; La Jabonera, que cambió el rostro de uno de los sectores con mayor rezago mediante espacios deportivos, culturales y recreativos tras los años más violentos de la ciudad; y el programa Ola Verde, que con el paso del tiempo evolucionó hacia la actual Ola Naranja. A ello se suma el polémico Metrobús Laguna, proyecto que nunca entró en operación y cuya etapa correspondiente a Durango fue cancelada en 2019 por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, tras una consulta pública realizada en Gómez Palacio a «mano alzada». Hoy, cuando Torreón espera la incorporación de nuevas unidades para la modernización del transporte público y vuelve a discutir el futuro de la movilidad urbana, aquel proyecto regresa inevitablemente al debate.

Pero quizá el desafío más complejo no será administrativo, sino político. Si Miguel Riquelme logra asumir nuevamente la Presidencia Municipal, también tendrá la responsabilidad de preservar la cohesión del priismo lagunero en un momento en que comienzan a perfilarse los liderazgos rumbo a la sucesión municipal de 2027. En ese escenario podría enfrentar uno de los mayores retos de su carrera política: mantener la unidad de un grupo en el que los diputados locales electos, los liderazgos regionales y las distintas corrientes internas comparten hoy un mismo proyecto, pero que tarde o temprano también buscarán competir por la candidatura a la Alcaldía de Torreón. Hoy muchos de ellos serán quienes aplaudan su regreso al Palacio Municipal; mañana podrían disputar el mismo espacio político. Mantener unidos esos intereses será tan importante como gobernar la ciudad.

A ese reto se suma otro de mayor dimensión: conservar a Torreón como uno de los principales bastiones electorales del PRI en Coahuila y fortalecer el peso político del grupo lagunero dentro del priismo nacional. Aunque en distintos círculos políticos el nombre de Miguel Riquelme suele mencionarse entre los liderazgos con mayor proyección nacional por su experiencia de gobierno y sus resultados electorales, el control del PRI a nivel nacional continúa en manos de Alejandro «Alito» Moreno y Rubén Moreira, quienes mantienen una influencia determinante en las decisiones del partido. Porque el verdadero desafío de Riquelme no será únicamente regresar al Palacio Municipal, sino demostrar que aún tiene la capacidad de mantener la estabilidad política de Torreón, preservar al municipio como uno de los principales bastiones electorales del PRI y construir los acuerdos que le permitan trascender una nueva etapa política.

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