¿Cuál es el límite del poder en Torreón? El desgaste político de la administración de Román Cepeda

¿Cuál es el límite en Torreón? Esa es la pregunta que hoy flota —incómoda, insistente— sobre el escritorio del alcalde Román Cepeda. No porque falten explicaciones técnicas o marcos legales, sino porque se está dejando morir políticamente al alcalde, del mismo modo en que él mismo ha ido dejando caer, uno a uno, a integrantes de su círculo cercano. Sobrevivencia pura: cuando dejan de ser útiles o cuando estorban más de lo que suman. En política, la soledad casi nunca es casual.

La crisis social que hoy atraviesa el Ayuntamiento de Torreón tiene nombres, un círculo rojo descabrajado, expedientes abiertos y silencios que pesan hasta convertirse en hartazgo social y desgaste político. Cris Hernán, Nuevo Mieleras, auditorías pendientes y conflictos de interés no son episodios sueltos ni mala suerte administrativa: forman un mismo mapa de desgaste político que rodea al alcalde. No fue un estallido; fue una incubación lenta. El resultado es un gobierno que administra tiempos, no decisiones; que responde después, no antes; y que parece sostenido por una inacción calculada. Cuando el poder se fragmenta, no truena: se escurre. Y en ese vacío, otros mandan.

Ya en este espacio lo hemos señalado —Manual práctico para traicionar en Torreón y El Macondo de Román: lealtades, frases y simulacros—. Hoy conviene traer a cuenta al padre de la política moderna, Nicolás Maquiavelo, no como adorno intelectual, sino como manual básico de supervivencia política. Maquiavelo no enseñó a ser cruel; enseñó a ver la política como es. Gobernar implica elegir costos, asumir conflictos y entender que el resultado pesa más que la intención. La moral sin eficacia es ornamento; el poder sin decisión es un cadáver elegante.

Bajo ese lente, el Ayuntamiento de Torreón —que su alcalde dirige, dicen en corto, tres veces por semana— no solo enfrenta presión externa, sino una implosión interna. Funcionarios de primer nivel se sienten excluidos, cansados de soportar una narrativa que ya no se sostiene. “Combaten fuego con gasolina”, dicen. “Y dejan solo a su jefe”. El manual de crisis quedó archivado: nadie separa, nadie congela, nadie audita. El tiempo se usa como apagafuegos; la estrategia, como placebo.

El equipo con el que Román Cepeda llegó a su segundo periodo se ha ido desvaneciendo. El exjefe policiaco César Perales desapareció del radar tras los hechos de Nuevo Mieleras; Pepé Ganem se despidió a finales de agosto como secretario del Ayuntamiento; y a quien sí lograron “rescatar” fue al ex tesorero Óscar Luján, reubicado en otro cargo. Permanece Gustavo Muñoz, aún director de Urbanismo, señalado por ciudadanos por su presunta relación con el llamado cártel inmobiliario de Torreón, con vínculos asociados a la Notaría 45, lo que habría incrementado su aislamiento frente a acciones estatales. Aparecen otros nombres bajo observación: Víctor Navarro (Mantenimiento Vial) y su operador en Servicios Administrativos; David “Chacho” Ortiz, quien además cobra como director de Recursos Humanos. En Comunicación Social, Yohan Uribe intentó cambiar la narrativa desde redes sociales alternas, señalando a la policía; pero sus propios seguidores no distinguieron el conflicto interno y apuntaron directamente a la cabeza.
Y tras la crisis reciente, nadie salió a dar el espaldarazo, ni al alcalde ni a su compañera en Tribunales. El silencio fue público. Los opositores aprovecharon el vacío para encender redes y opinión pública —incluso pidiendo juicio político—, mientras antiguos aplaudidores guardaron silencio o simplemente desaparecieron, como el expolítico casi pastor Héctor Yassin, que antes celebraba todo lo que hiciera Cepeda. En política no hay amigos: hay intereses. El aliado de hoy puede ser el adversario de mañana. Importa lo que consigues, no lo que prometes.

El error central de la reciente crisis por el caso Cris Hernán va más allá de lo jurídico; es de manejo de crisis política. Aun cuando el caso del joven, tras su detención en el Centro de Justicia Municipal, era —por naturaleza— una cuestión legal, no explicar a tiempo encrudeció la crisis social. El silencio prolongado, la palabra diferida y la delegación del relato a terceros convirtieron un expediente legal en un problema político mayor. En crisis, callar no neutraliza: amplifica.

Dos hechos distintos, un mismo libreto. Nuevo Mieleras y Cris Hernán fueron gestionados con la misma gramática del poder: hablar tarde, no decidir, diluir. En manejo de crisis, ceder el encuadre inicial equivale a perder el control. En Cris Hernán, el dato político no fue el contenido, sino el tiempo. El alcalde habló un día después, tras la presión pública y la exigencia de la madre —Guadalupe Pérez—. Por la naturaleza del hecho, el tema quedó en cancha de la Fiscalía, que aprovechó para fijar la narrativa: accidente, líneas de investigación, deslinde preliminar. El alcalde no explicó; esquivó. El patrón en sus declaraciones fue el mismo: deslindar, diluir, diferir. No hubo afirmaciones contundentes; hubo suposiciones. El reloj fue la estrategia. Para la sociedad, el mensaje fue claro: no niego, no confirmo y no actúo… todavía.

En Nuevo Mieleras ocurrió lo mismo. Ante el vacío de liderazgo municipal, otros tomaron decisiones. Fue el parteaguas de la crisis que hoy se vive en Torreón.

En Cris Hernán, la legalidad operó como escudo retórico. Condolencias, conceptos–comodín (“no politizar”, “no adelantar juicios”) y una frase recurrente: “no es un tema de la administración”. Y tenía razón en un punto: la familia aceptó públicamente que la muerte del joven fue un accidente. Pero la grieta persiste: ocurrió en una instalación municipal, bajo custodia, con personal municipal. Puede no haber delito inmediato; sí hay responsabilidad política. Negar la conexión entre lo personal y lo profesional es una decisión discursiva, no una verdad administrativa.

El silencio administrativo también decide. Nadie fue separado, nada se congeló, todo siguió igual “hasta que la Fiscalía diga —o decida—”. En gobernanza, eso no es neutralidad: es protección del aparato, cuidado del círculo de poder y contención del costo inmediato. El efecto es corrosivo: se erosiona la confianza, se rompe el vínculo con la sociedad y quienes gestionan se aíslan. Eso solo ayudó a hundir la confianza institucional. A la administración de Cepeda se suman auditorías y conflictos de interés que siguen involucrando a su familia, mencionados en voz baja e investigados a medias. Cuando las conexiones pesan más que las explicaciones, la confianza se evapora.

Entonces, ¿cuál es el límite? En política, el límite no lo marca la ley, sino la pérdida de autoridad real. No son errores aislados; es un modelo: minimizar lo estructural, individualizar responsabilidades y ganar tiempo. Funciona para apagar incendios mediáticos; no para restaurar la confianza pública. Y la ironía final —negra, pero exacta—: cuando nadie sabe, nadie ordena y nadie decide, casi siempre alguien manda… pero no da la cara.

Preguntas oficiosas


Hoy estrenamos una nueva sección: las preguntas oficiosas, esas que se hacen en voz baja… y retumban en los escritorios.

  • ¿El desayuno de este lunes con Verónica Martínez y Felipe González en un restaurante de Galerías Laguna —presuntamente ligado al empresario y rector de la UTT, Carlos Centeno— es solo una charla institucional para informar avances del PRI en Torreón?¿O se trata del arranque anticipado de una campaña con mantel largo rumbo a los distritos 09 y 10 del Congreso local 2026, donde además podría servirse, como “guarnición política”, la regidora Karla Centeno como suplente?
    La partida decien millones de pesos para las remodelaciones de las vicefiscalías de Coahuila será para fortalecer la procuración de justicia… o para dejar oficinas de revista?
  • La partida de cien millones de pesos para las remodelaciones de las vicefiscalías de Coahuila será para fortalecer la procuración de justicia… o para dejar oficinas de revista?
  • Este miércoles la secretaria de Cultura, Esther Quintana, estará en Torreón, en el Museo Regional Muchos creían que acudiría a la reunión de planeación de la Feria Internacional del Libro en el CCT, pero no: a su secretaría le retiraron ese evento. Una funcionaria que apenas quiso conocer La Laguna y que —dicen— ya alista maletas rumbo a una candidatura local por su querido PAN, sin garantía de retorno a la nómina estatal.

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