“Criticaba al conductor lento… hasta que la vida me puso en su lugar.”

Antes que nada, quiero ofrecer disculpas a quienes me ven manejando en la calle. Sí, voy más lento. Sí, me mantengo en el carril de baja. Sí, a veces titubeo al dar vuelta. No es descuido: es reaprender.

Reaprender a manejar después de cuatro años como copiloto no ha sido sencillo. Tampoco lo fue la primera vez. Durante 11 años conduje estándar; hoy manejo automático… y con un cerebro que tuvo que reinventarse tras una lesión

Gracias al apoyo de mis padres, pude acceder a una SUV automática. Y ahí empezó otro proceso: el de adaptación. Porque no, en México —y particularmente en Coahuila— no es fácil encontrar vehículos adaptados. Y si los hay, cuestan. Y si los adaptas, pierdes garantías. Así de claro.

Después de ver opciones que no se ajustaban a mi nueva condición, apareció una posibilidad. Marcos, vendedor de Nissan seminuevos, tuvo algo que no siempre se encuentra: paciencia. Conmigo… y con mi padre. Confiamos. Pero comprar el vehículo fue apenas el primer paso.

Luego vino la realidad burocrática: seguro, placas de discapacidad, licencia… trámites que en papel parecen simples, pero en la práctica se convierten en desgaste. Porque lo que dice el portal no coincide con lo que te piden en ventanilla.

Para obtener las placas, tuve que ir al CREE. Conseguir cita ya es un filtro. Después, evaluaciones. Yo iba por una constancia… y salí también con una credencial nacional de discapacidad. Un proceso humano en el trato,

Luego, recaudación de rentas . Ahí entendí que “llevar todo” nunca es suficiente. Siempre falta algo. Dos vueltas más. Tiempo, dinero, frustración. Y si hablamos de accesibilidad… las rampas ensu matriz también parecen diseñadas como prueba de resistencia.

Finalmente, placas. Pero faltaba la licencia. Jisna dependencia, pero n otra syucursal. no se busca un trsto preferencial sino homologar funciones para cualquier ciudadsbo sin distinció.

En medio de ese proceso, retomé clases de manejo. Volver al volante no es solo físico: es mental. Es coordinación, es confianza. Es vencer el miedo. Los regaños —y la paciencia— de Marti, mi instructor fueron parte del entrenamiento. Porque sí: reaprender también implica aceptar que vuelves a ser principiante.

Igual, en fisioterapia me han ayudado a coordinar mejor al manejar, con la terapia Vojta. con Cristy.

Durante 15 días manejé dos veces al día. Adapté un monomando o pomo : una perilla en el volante. Los sistemas eléctricos cuestan alrededor de 80 mil pesos y no hay quién los instale con certificación en Torreón. Así que opté por uno manual. Funcional. Realista.

También acudí al oftalmólogo. Hoy uso lentes progresivos con adaptador solar. Porque manejar con una sola mano —y con hemiplejia del lado izquierdo— no es lo mismo.

Y aquí viene lo incómodo Antes, yo fui ese conductor que se desesperaba. El que juzgaba. El que decía: “si no puedes, no manejes”. Ese que presionaba desde atrás. Ese que no entendía. ahora soy yo m, ese conductor lento

Si manejo, no es por gusto. Es por autonomía. Ir por el carril de baja no es elección… es necesidad. Y lo más complejo no es la velocidad: es lograr que el cerebro responda del lado izquierdo, coordinar la perilla, anticipar cada movimiento.

Es práctica. Es paciencia.

Por eso, si me ve en la calle, tenga prudencia. Sobre todo en curvas o giros. No me presione. No acelere la desesperación ajena.

Le dejo un ejercicio simple: intente manejar con una sola mano en unAntes que nada, quiero ofrecer disculpas a quienes me ven manejando en la calle. Sí, voy más lento. Sí, voy en el carril de baja. Sí, a veces titubeo. No es descuido: es reaprender. Reaprender a manejar después de cuatro años como copiloto no ha sido sencillo. Tampoco lo fue la primera vez. Durante 11 años conduje estándar; hoy manejo automático… y con un cerebro que tuvo que reinventarse tras una lesión.

Gracias al apoyo de mis padres, pude acceder a una SUV automática. Y ahí comenzó otro proceso: adaptarme a una realidad que no está pensada para personas con discapacidad. Porque no, en México —y particularmente en Coahuila— no es fácil encontrar vehículos adaptados. Y si los hay, cuestan. Y si los adaptas, pierdes garantías. Así de claro. Después de buscar opciones que no se ajustaban a mi nueva condición, apareció una oportunidad. Marcos, vendedor de Nissan seminuevos, tuvo algo que no siempre se encuentra: paciencia. Confiamos. Pero comprar el vehículo fue apenas el primer paso.

Luego vino la realidad burocrática: seguro, placas de discapacidad, licencia… trámites que en el papel son simples, pero en la práctica desgastan. Porque lo que dice el portal no coincide con lo que te piden en ventanilla. Para obtener las placas, tuve que acudir al CREE. Conseguir cita ya es un filtro. Después, evaluaciones. Yo iba por una constancia… y salí también con una credencial nacional de discapacidad. Un proceso humano en el trato, pero lento y exigente en el fondo.

Luego, recaudación de rentas. Ahí entendí que “llevar todo” nunca es suficiente. Siempre falta algo. Dos vueltas más. Tiempo, dinero, frustración. Y si hablamos de accesibilidad… las rampas también parecen diseñadas como prueba de resistencia. Finalmente, placas. Pero faltaba la licencia. Misma dependencia, otra sucursal, otra historia. No se busca trato preferencial: se exige claridad y humanidad en los procesos.

En medio de todo eso, retomé clases de manejo. Volver al volante no es solo físico: es mental. Es coordinación, es confianza, es vencer el miedo. Los regaños —y la paciencia— de Martinín, mi instructor, fueron parte del proceso. Porque reaprender también implica aceptar que vuelves a ser principiante. Durante 15 días manejé dos veces al día. Adapté un monomando: una perilla en el volante. Los sistemas eléctricos cuestan alrededor de 80 mil pesos y no hay quién los instale con certificación en Torreón. Opté por lo posible: un sistema manual, funcional y realista.

También acudí al oftalmólogo. Hoy uso lentes progresivos con adaptador solar. Porque manejar con una sola mano —y con hemiplejia del lado izquierdo— no es lo mismo. Y aquí viene lo incómodo: antes, yo fui ese conductor que se desesperaba, el que juzgaba, el que decía “si no puedes, no manejes”, el que presionaba desde atrás. Ese que no entendía. Hoy, ese conductor lento… soy yo.

Si manejo, no es por gusto. Es por autonomía. Ir por el carril de baja no es elección: es necesidad. Y lo más complejo no es la velocidad, es lograr que el cerebro responda del lado izquierdo, coordinar la perilla, anticipar cada movimiento. Es práctica. Es paciencia. Por eso, si me ve en la calle, tenga prudencia. Sobre todo en curvas o giros. No me presione. No acelere la desesperación ajena.

Le dejo un ejercicio simple: intente manejar con una sola mano en una vía rápida. Ahora súmele que le da comezón en la cara, con el sol de frente, y no puede rascarse porque esa única mano funcional está en el volante. Eso cambia la perspectiva. Reaprender no es sencillo. Tampoco lo es aceptar que la persona a la que antes violentaba con prisa… hoy soy yo. Pero aquí vamos.

Sin prisa… sin pausa.


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