¿Qué viene para el 2026? El año que ya gobierna

El 2026 ya no es una fecha lejana: ya amanecimos con él. Es el marco mental bajo el que hoy se están tomando decisiones. En Torreón, el arranque de año confirma algo que estas columnas vienen advirtiendo desde hace tiempo: la gestión diaria ya se lee en clave electoral. No es paranoia política; es método. Cada movimiento, cada omisión y cada silencio responden a un mismo cálculo: llegar sin sobresaltos a la elección intermedia, aunque eso implique gobernar con el freno de mano puesto.

El alcalde Román Alberto Cepeda González llega a 2026 con una sola prioridad real: seguir sobreviviendo políticamente a su segunda administración. No se anticipa una agenda de grandes proyectos municipales ni correcciones estructurales. Lo que se observa es contención política y un gabinete cada vez más frágil, diseñado para no generar ruido y evitar sobresaltos.
La consigna es clara: menos cambios, menos explicaciones y más control.

En ese contexto, varias figuras del gabinete y del Cabildo comienzan a moverse con un pie fuera y otro dentro. Algunos pedirán permiso para ausentarse… y quizá no regresen.
En el gabinete sobresalen Martha Rodríguez, en Tribunales, y Héctor Estrada, en Desarrollo Social.
En el Cabildo, los regidores Luis Cuerda, Karla Centeno, Jennifer Miroshlava Muñoz Rivas, Ximena Villarreal y el petista Luis Ortiz ya suenan más en clave de buscar una candidatura a diputación local. Es una mezcla de grupos internos, cepedistas, Saltillo y hasta algún colado del Grupo Torreón . Los directores municipales que se quedarán lo harán entre el intento de esquivar auditorías locales y federales o seguir administrando bonos y equilibrios que podrían alterar el delicado orden interno. Aquí no se gobierna para transformar; se gobierna para no descomponer.

Torreón, más que joya de la corona, es hoy moneda de cambio. Su peso ya no radica solo en los votos, sino en su capacidad de negociación política más allá del ámbito municipal. En Coahuila, Torreón no siempre suma… pero cuando falla, resta para todos. Desde la llamada Perla de La Laguna se pueden inclinar diputaciones locales, fortalecer estructuras clientelares —más allá de programas como Mejora— o, en el peor escenario, abollar la corona del proyecto estatal de Manolo Jiménez Salinas.

El mensaje del alcalde Román Alberto Cepeda González con el que cierra 2025 es breve, calculado y simbólico. No es un balance de gobierno; fue un encuadre emocional. Y el concepto que ordena todo el discurso es uno solo: unidad.

Mientras tanto, en la oposición el horizonte es otro: miran más hacia 2027. El movimiento es más visible que ordenado. El senador Luis Fernando Salazar mantendrá presencia constante y un discurso nacional alineado a la 4T, pero su reto sigue siendo el mismo: construir estructura territorial real sin que huela a actos anticipados de campaña. Buscará sumar operadores y bases ya trabajadas por Morena, intentando posicionarse a través de perfiles como Antonio Attolini o Fernando Hernández, esposo de Cintia Cuevas.
Sin una organización sólida, el riesgo es claro: quedarse en ruido mediático. En elecciones intermedias, el micrófono no sustituye a la estructura.

La otra vertiente de la 4T, con el PT como ancla de Shamir Fernández, sigue jugando a dos bandas: competir o negociar. En 2026 esa ambigüedad se termina. O se convierte en bisagra útil dentro del tablero electoral, o queda como actor testimonial. Buscará posicionarse con apuesta familiar, con su esposa Pily de Anguiano como candidata; incluso incluyen a su perro, que tiene más carisma que la pareja. Pero la narrativa interna no sustituye una realidad básica: en política, creerse no equivale a contar.

En el plano estatal, Coahuila entra al año con control… pero bajo vigilancia. Desde Saltillo, Manolo Jiménez encara 2026 con una consigna clara: consolidar su proyecto heredando un Congreso alineado, con la elección intermedia como prueba central. El cálculo es pragmático, sin romanticismos. Incluso si para lograrlo debe sacrificar políticamente municipios complejos como Torreón o ceder diputaciones federales como tributo a la narrativa nacional de Claudia Sheinbaum, el objetivo es uno: estabilidad en la intermedia.

El mensaje de Año Nuevo de Manolo Jiménez Salinas es políticamente funcional: cierra 2025 y abre 2026 con una narrativa de continuidad, orden y control, evitando promesas cuantificables y apostando a valores —unidad, trabajo, cercanía— que no generan fricción en un año preelectoral. No busca entusiasmar ni confrontar, sino administrar expectativas y blindar su gestión frente al ruido político que viene.

El PRI no busca épica; busca orden. Y Torreón es el principal punto de vigilancia… o de obstáculo. Lo que falle aquí no se queda aquí: contamina al resto del estado.

En la vertiente Durango–La Laguna, el espejo es incómodo. En Gómez Palacio, Betzabé Martínez Arango ya no puede gobernar con discurso de arranque. El 2026 exige definiciones claras en seguridad, control institucional y resultados visibles. Cada incidente pesa doble por su impacto regional y por la lectura política compartida con Torreón. La frontera municipal no detiene la percepción ciudadana.

En Lerdo, Susy Torrecillas enfrenta una evaluación más silenciosa, pero no menos exigente: servicios públicos, orden administrativo y poca grilla. Lerdo no define elecciones grandes, pero sí inclina narrativas al mantenerse como bastión priista con peso simbólico regional.

El proceso electoral de 2026 no inicia con campañas, sino con decisiones previas. Desde finales de 2025, cuando arrancó formalmente el Proceso Electoral Local 2025–2026 en Coahuila, los gobiernos comenzaron a moverse con cautela. Entre enero y febrero, precampañas; en marzo, registros ante el IEC; de abril a mayo, campañas constitucionales. En junio, la jornada electoral renovará el Congreso del Estado y marcará el verdadero termómetro rumbo a 2027.

En esencia, el mapa electoral apunta a un PRI–Gobierno enfocado en defensa del territorio y control de daños; una Morena–4T con alta presencia mediática, pero estructura local aún en construcción; un PT como factor de negociación más que de arrastre; y una ciudadanía con menos paciencia y más memoria. El voto duro resiste, pero el voto volátil decide.

Lo que se espera en 2026 es previsible: campañas adelantadas disfrazadas de gestión, más guerra de narrativas que propuestas nuevas y una evaluación ciudadana basada en los hechos de 2025, no en promesas recicladas. Torreón será campo de prueba para alianzas, rupturas y futuros candidatos.

Este primer café del año no se toma para adivinar ganadores.

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