Gobernar por WhatsApp: el chisme como método de control en Torreón

El chisme político no es un vicio menor: es una forma de control. En Torreón, esa lógica gobierna. Aquí no estamos en la era de cristal, sino en la era de la adoración: la crítica incomoda, el aplauso protege y el castigo llega rápido… casi siempre por WhatsApp.

Quien escribe esta columna no lo hace desde la especulación, sino desde información directa, muchas veces confirmada por quienes ya pasaron por el paredón interno. Lo que se lee aquí no es ficción: es la bitácora de un gobierno donde el manual de lealtades no está en un reglamento, sino debajo —abandonado— del escritorio de varios directores.

En este trienio ya han rodado varias cabezas de segundo y tercer nivel, acusadas de “filtrar información”. Extraoficialmente, de no entender las reglas del club. Esta vez, sin embargo, le tocó a alguien de primer nivel, o casi: Eduardo Carmona, hasta el viernes pasado director del Instituto Municipal de Emprendimiento de Torreón (IMET).Ya antes había ocurrido algo similar con Toñito Hernández, en Fomento Económico, supuestamente por filtrar información a Saltillo. Y no sería el único de mandar al mismo “receptor”.

La versión interna fue inmediata y cínica: “falta de oficio” de Carmona. Lo dijeron quienes, hasta horas antes, se llamaban compañeros. El contexto, sin embargo, es más revelador que el pretexto.

La orden —no sugerencia— fue clara: no asistir al informe de Miguel Mery Ayup en Saltillo, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila. La instrucción, atribuyen, bajó directamente del alcalde Román Cepeda y, como casi todo últimamente, circuló por un chat de WhatsApp.Hasta ahí, rutina.

El problema vino después, con la captura. Carmona envió esa instrucción a Miguel Mery. Y este tocó la puerta del gobernador Manolo Jiménez. Lo demás fue berrinche institucional: salida exprés, aviso por teléfono. El mensajero enccargado del despido —cada vez más activo— fue el jefe de Gabinete Ariel Martínez.No hubo comunicado. No hubo explicación pública. Solo la purga.

Pero el fondo es otro. Y dentro lo saben.

En uno de esos chats que tanto incomodan al poder —pero que el poder usa todos los días— alguien lo resumió sin rodeos:
“Todo mundo es chismoso, nomás que se la dan de querer tener control”. La frase no es ocurrencia: es diagnóstico. Y ahí está la clave. No es la filtración lo que molesta, sino la pérdida del control del relato.

Miguel Mery no es un personaje menor en esta historia. Es —o fue— parte del casi extinto Grupo Torreón; su fotografía de no grato aparece junto a Miguel Riquelme, Xavier Herrera y el grupo Saltillo, encabezado por el gobernador.
Para el bloque político que hoy domina el municipio cepedista, Mery es visto como adversario potencial. Al ser la figura prevista para asumir como alcalde interino en caso de una emergencia. Razón suficiente para que Román Cepeda lo tolere solo en saludos forzados y eventos inevitables. Ni más, ni menos.

El problema no fue mandar la orden. Fue dejar rastro. Y peor aún: hacerlo en un entorno donde la lealtad no es pareja.

En otro intercambio interno, la queja fue más cruda:
“A mí casi me dan cuello por rumores…”. La desigualdad en la aplicación del castigo no es percepción: es práctica.

Otro mensaje remata el clima de precariedad política:
“Si hay alternancia, puedo buscar quedarme”.

Así se gobierna cuando nadie se siente parte de un proyecto, sino sobreviviente de una administración.

Y eso no es todo. En este club de Toby cada vez más desdibujado, alguien más lo dijo sin filtro: “No valoran a los que pasamos de no tener redes, de vieja escuela, y ahora sí las tenemos. Estos señores se exhiben entre amigos. «A Carmona se lo chingaron por una mamada y, en cambio, a los Ganem-Rodríguez, que sí perjudican, ahí siguen”.

Cuando el poder se administra en chats y no en acuerdos formales, la lealtad dura lo que dura una captura de pantalla.

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