La muerte no pidió permiso: identidad secuestrada en Torreón

Lo que debía ser una celebración de identidad terminó como una postal política más.
El Desfile de Muertos del 31 de octubre inició entre gritos, reclamos y egos desbordados.
La protagonista del choque fue Rosario Pedraza, del colectivo Moorelear, quien transmitió en vivo su enfrentamiento con Antonio Méndez Vigatá, director del Instituto Municipal de Cultura y Educación (IMCE).

El conflicto: la ruta, el protagonismo y la apropiación.
Según testigos, Moorelear tenía su propio recorrido —de Plaza de Armas a la Alameda Zaragoza—, pero el Municipio decidió “sumarlo” al Festival Mitote Lagunero, alterando trayectos y adjudicándose una tradición nacida desde la ciudadanía.

“El desfile nació en Moorelear”, reclamaron.
Y lo demás fue puro maquillaje de catrina… y de poder.


Mientras el caos reinaba en el centro, la Calle Treviño demostró que la tradición sigue viva.
El Festival de Muertos organizado por el Teleférico de Torreón y los comercios locales ofreció altares monumentales, calaveras gigantes y arte auténtico, sin pleitos ni discursos.

“No se debe mezclar una fiesta extranjera con una tradición tan arraigada”, dijeron los organizadores.

En cambio, el Ayuntamiento prefirió mezclar Halloween con Día de Muertos, repartir dulces, reducir apoyos culturales y presumir “tradición” en redes.
Porque una cosa es honrar a los muertos, y otra muy distinta revivir las viejas mañas del protagonismo político.


Dentro del propio Mitote Lagunero, entre boletos caros y selfies institucionales, hubo un respiro:
El concierto de Víctor Cruz & The Jaguar Band en el Teatro Alfonso Garibay, gratuito y sin discursos, fue una lección de sencillez.
Poca asistencia, sí… pero mucha autenticidad.
Demostró que la cultura no necesita reflectores, sino respeto.


El Ayuntamiento de Torreón no entendió que la cultura no se administra: se respeta.
No se puede hablar de identidad mientras se reciclan ideas ciudadanas ni presumir tradición cuando se gobierna con ego.
Porque la muerte no necesita permiso, ni presupuesto, ni director artístico: solo memoria y verdad.

En esta ciudad —entre huesos, egos y reflectores—los muertos descansan…
pero los vivos siguen facturando.

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