
Cultura reciclada en Torreón: el mismo anuncio, distinto año y más

Hay eventos culturales que nacen con vocación de encuentro… y otros que parecen cumplir únicamente con el requisito administrativo de “haber ocurrido”. La reciente inauguración de la exposición Tiempo de pensar en comunidad, en el Museo Regional de La Laguna, dejó desde su anuncio una sensación de relevo y apatía. La realidad confirmó lo esperado: asistencia contada con los dedos, ambiente correcto pero frío, público genuino: mínimo.
De acuerdo con compañeros de prensa, la cobertura fue abundante y puntual, más por compromiso institucional que por convicción cultural. Desde la propia rueda de prensa, la secretaria de Cultura, Esther Quintana, participó vía Zoom. El detalle no pasó desapercibido: para muchos, fue la confirmación del desencuentro entre la agenda cultural estatal y la Región Laguna, una percepción que se arrastra desde hace años.
Entre los comentarios que circularon —no precisamente amables— se dijo que la exposición “estaba empolvada en bodega”. La placa de presentación, visiblemente deteriorada, pareció darles la razón. Dentro de la sala: menos de veinte personas, entre personal del museo, funcionarios culturales y algunos invitados de Saltillo. Afuera, el contraste: quince representantes de prensa para diez sillas ocupadas. Cultura bien cubierta, pero poco vivida. El dato no es menor.
También se cuestionó por qué esta exposición no se montó en el Museo de la Revolución, el único recinto de ese perfil con el que cuenta el gobierno estatal en Torreón y cuyas condiciones —por cierto— merecen una revisión urgente en un espacio emblemático.
No hubo representación del municipio y, para rematar, la logística falló. Un rubro que, dicen, la secretaria Quintana debería cuidar con más celo, sobre todo si —como se comenta en corrillos políticos— busca regresar a una curul, fiel a su perfil de panista de línea dura.
En paralelo, se realizó otro evento que sí logró convocatoria, impulsado por la presencia del senador Luis Donaldo Colosio Riojas, quien copresentó, junto con la exdirigente nacional del PRI Dulce María Sauri, el libro Gobernar para servir, de Rogelio Montemayor Seguy. Nombres que pesan. Apellidos que jalan reflectores. El problema aparece cuando el apellido sustituye al público. La cultura no debería depender del quién vino, sino del quién quiso quedarse.
Aquí entra el segundo acto de esta historia reciclada: el eterno anuncio del Centro Cultural del Norte, esa obra que el Ayuntamiento de Torreón presume puntualmente cada inicio de año. Otra vez el render. Otra vez la promesa. Otra vez el “ahora sí”.
El proyecto lleva años intentando bajar recursos federales a través del FOREMOBA, un fondo con reglas claras: propiedad del inmueble, justificación técnica y coinversión estatal y municipal. No es magia. Es trámite, gestión y constancia.
La realidad es menos épica: al menos tres intentos fallidos. Tres años sin que el recurso “baje”. Ahora se prepara el cuarto, entre la esperanza institucional y el consuelo clásico del “no hay quinto malo”. Mientras tanto, se recicla el discurso, se reempaqueta el anuncio y se convoca a figuras para barnizar políticamente un pendiente que no avanza.
La pregunta incómoda queda flotando, como café olvidado en la mesa:
¿La cultura se está construyendo para la comunidad o solo se está administrando para la foto?
Porque cuando el público no llega, la prensa protesta y los proyectos no caminan, quizá no falte presupuesto…
quizá falte autocrítica.

