
“Amigo”: la palabra más cara en política

Hola, querido lector.
No soy Lady Whistledown, ni mucho menos #LadyFayuca. Esto no es Bridgerton; es El Bastón del Mando. Aunque, seamos francos, en esta comarca el chisme en carruaje oficial también viaja con viáticos aprobados. Esta columna no nace para ventilar romances de pasillo ni susurros de alcoba —que los hay—, sino para desnudar la coreografía real del poder.
En el marco del Día del Amor y la Amistad, conviene decirlo sin romanticismos: en política no se habla de amores; se habla de amistad instrumental. La palabra “amigo” funciona como señal de pertenencia: abre puertas, disciplina lealtades y ordena jerarquías. No describe un vínculo afectivo; describe una posición en el tablero. En términos de ciencia política, es capital relacional: se activa cuando maximiza beneficios y se desecha cuando deja de ser útil.
Desde Maquiavelo hasta la literatura contemporánea sobre coaliciones de poder, el consenso es claro: el poder no se administra con afectos, sino con intereses, cargos, incentivos y control del ritmo político. Por eso la “amistad” dura lo que dura la alineación con el centro de gravedad del poder. Cuando el ciclo cambia, cambian los aliados. La traición no es un acto moral; es un mecanismo de ajuste en sistemas de competencia por recursos escasos.
Las traiciones de los “amigos” en la política mexicana tienen historia: el Abrazo de Acatempan entre Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero; la cercanía de Victoriano Huerta con Francisco I. Madero durante la Decena Trágica; la ruptura entre Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo tras la crisis. Hoy, la 4T vive su propio distanciamiento entre Andrés Manuel López Obrador y Julio Scherer, quien pasó de “amigo del proyecto” al deslinde público con Ni venganza ni perdón, donde expone presuntos actos de corrupción en la llamada Cuarta Transformación.
En Torreón y Coahuila, la coreografía contemporánea repite la lógica —sin tanques, con candidaturas—. Miguel Ángel Riquelme y Román Cepeda operaron como “amigos” institucionales en una fase de coordinación. Con la sucesión estatal, el liderazgo se reordenó alrededor de Manolo Jiménez. No hubo ruptura teatral: hubo reacomodo de élites. En política, las amistades no se rompen; se archivan cuando cambia el dueño del salón.
El caso de Shamir Fernández muestra el transfuguismo estratégico: operador priista que reubicó su capital político vía PT hacia Morena. De “amigo útil” a actor incómodo según la temporada. El respaldo a Román en la reelección respondió más a cálculo de veto que a afecto: impedir que un competidor con know-how priista capturara la alcaldía. En política, el abrazo también es candado.
Ahí están las fotos de “amigos” entre Román Cepeda y Shamir Fernández: tres doritos después, rivales por Torreón. También las postales del cumpleaños 60 de Román, con gabinete completo. Las imágenes respaldan… o solapan. El archivo político no perdona. Entre esas “amistades” no estuvieron César Perales ni Pepe Ganem, aunque se les vio después entrar a la oficina del alcalde mientras estallaba el conflicto en el Centro de Justicia Municipal. Tampoco apareció Lalo Carmona, baja reciente tras traiciones cruzadas. En política, la ausencia también es mensaje.
En Gómez Palacio, la relación entre Marina Vitela y Betzabé Martínez transitó de cooperación a competencia: coalición de arranque, rivalidad de madurez. La amistad fue puente transitorio; después, cada quien tomó su orilla.
Las confrontaciones entre Leticia Herrera Ale y Rocío Rebollo Mendoza ilustran otro mecanismo: cuando el presupuesto escasea, el aliado se vuelve antagonista. No es traición emocional; es conflicto distributivo.
En Morena Coahuila, la unidad convive con competencia intraélite entre Cecilia Guadiana y Luis Fernando Salazar por control territorial y narrativa. Unidad performativa; competencia sustantiva. Las fracturas del PT entre Gerardo Calvillo y Ricardo Mejía Berdeja revelan lógica de captura partidaria: cuando una facción percibe franquicia personal, la “amistad política” se deshilacha.
En política, el Día del Amor y la Amistad se celebra con sonrisas estratégicas. La sucesión se decide con cálculos fríos. Aquí no se pregunta a quién quieres; se pregunta a quién conviene llamar “amigo” cuando el carruaje cambia de rumbo.
Advertencia: cuando un político te dice “amigo”, casi nunca es afecto; es inventario de lealtades.
