No es fe, es factura: ¿qué tan pesada es la cruz de los políticos laguneros?

En días santos se habla de sacrificio, pero en política se habla de facturas. Cada quien carga su cruz: auditorías, promesas incumplidas, equipos que estorban. No es martirio… es consecuencia. Aquí la cruz no redime, exhibe. Y cuando el peso ya no se disimula con fotos ni discursos, llega la caída —no bíblica, sino electoral—. La pregunta queda en el aire: ¿quién ya va en la tercera… y quién apenas empieza a sentirla?

Román Alberto Cepeda, alcalde de Torreón, arrastra más que percepción: soberbia operativa, desconexión interna y un gabinete que sobrevive más de lo que gobierna. Su cruz se ensancha con auditorías estatales y federales, además de la demanda del SIMAS por contratar a una “empresa fantasma” para el servicio de mantenimiento de pozos, un frente que toca fibras sensibles. Cuando el agua se convierte en conflicto, el costo es político. Y en este caso, también administrativo. A eso se suma el factor silencioso pero constante: decisiones que parecen tomarse fuera del municipio, con el peso —nada discreto— de quienes operan desde Saltillo. En política, cuando el mando se diluye, el desgaste se acelera.

En Gómez Palacio, Betzabé Martínez Arango enfrenta una cruz que no da tregua: inseguridad persistente, drenaje colapsado y presión presupuestal. El discurso intenta sostener control, pero la calle cuenta otra historia. Y cuando la percepción contradice al gobierno, la gobernabilidad se debilita. Además, hay un elemento que pesa más de lo que se dice: la distancia con el respaldo político de Claudia Sheinbaum. En política, los silencios no son neutros… son señales.

En Lerdo, Susy Torrecillas gobierna con lastre: servicios públicos deficientes, conflictos laborales por liquidaciones y una herencia política directa de Homero Martínez. No es solo administrar un municipio… es administrar las consecuencias de decisiones pasadas. Y cuando el pasado sigue mandando, el presente se vuelve reactivo.

En el plano estatal, las cruces no son menores.

Esteban Villegas Villarreal, gobernador de Durango, carga con la más incómoda: la indefinición política. Su postura genera lectura constante: ¿priista institucional… o «claudista»cercano al proyecto de Claudia Sheinbaum? En tiempos de polarización, no definirse también es una decisión… y suele cobrarse caro.

Manolo Jiménez Salinas, gobernador de Coahuila, enfrenta otra cruz igual de compleja: la disciplina interna. Mantener alineados a alcaldes que se dicen priistas pero operan con otras fuerzas es un reto silencioso, pero determinante. Porque el problema no es la oposición… es la dispersión. A eso se suma el juego adelantado de figuras como Rubén Moreira y su cercanía con Alejandro “Alito” Moreno, que quieren mover piezas rumbo al relevo, mientras el presente aún no se termina de gobernar. Y en política, cuando el futuro se adelanta, el presente se desgasta.

Al final, el patrón se repite:
nadie está libre de cargar una cruz… pero no todas pesan igual.

Algunas se cargan por convicción.Otras, por cálculo.Y varias… por errores que nunca se corrigieron a tiempo.

Porque en política, como en estos días santos, la caída no siempre es el final… a veces es solo el ensayo general de la siguiente.

Y el problema no es tropezar.Es seguir caminando como si el peso no existiera.


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