
16 años con una bala en la pierna: el costo en salud mental tras la violencia

Dicen que no hay que revolver el pasado, pero para un periodista eso es imposible sin referencias. Hace un año lo intenté al eliminar los recortes de periódico donde se relataba cómo una bala calibre .22 -, arriba de la tibia, desde aquel 26 de abril de 2010. No soy parte de la estadística de agredidos por la violencia, aunque ocurrió en la llamada “La Laguna del miedo”, cuando Torreón era una de las ciudades más violentas del mundo.
Los compañeros de la prensa lo documentaron así: “Asaltan a reportero de El Siglo; resulta herido en el tobillo”. Pero mi historia, la real, no cabe en un encabezado. Fue un año marcado por masacres: la balacera afuera de Galerías,6 el motín en el Cereso de Gómez Palacio. Cubrí casi todo. Sin embargo, mi caso —según su— no fue considerado dentro de los eventos violentos. El contexto era otro.
Iba con un amigo, saliendo de cenar del Steak Palenque, y pasamos por la Plaza del Eco para grabar un videorreportaje sobre cómo los niños ya no salían a jugar a la calle. Lo realizaba con la entonces editora Blanca Hernández, para El Siglo de Torreón. Era un videorreportero con iniciativa: lo mismo grababa debajo de un tren que desde un helicóptero sin cinturón de seguridad.*
Para quienes me conocen, la historia ya está contada. Pero hoy el tema es otro: la salud mental. En aquel entonces, la juventud% y la adrenalina eran mis acompañantes. Creía que se cumplía un sueño de niño: morir en una cobertura de guerra. Así lo pensaba cuando veía las noticias de Bosnia y Herzegovina. Soñaba con morir en un atentado en vivo. Pero a mis 27 años no fue así: fue una bala pequeña, en una guerra distinta, la del narcotráfico. Sicarios nos confundieron con halcones. en la Plaza del Eco,La zona era un punto crítico de violencia, con salida rápida hacia Gómez Palacio. Era común el robo de autos o el abandono de cuerpos en la colonia Ampliación Los Ángeles. Al bajarme en el área de juegos para tomar imágenes, vi un vehículo detenerse. Dos sujetos descendieron. Para no alarmar a mi amigo, sugerí movernos a otra cancha donde había gente.
Volteé hacia mi amigo. Él reía, pensando que querían robar su camioneta. Yo no. Yo ya había estado en fuego cruzado antes. En segundos vi mi vida pasar. Pensé que ese sería mi fin. Pero no lo fue. El destino no era ese día.
El agresor me revisó de pies a cabeza. Ya en el suelo, caí sobre el maletÍNn de la cámara. Reaccioné: tenía dos celulares, el del trabajo y el personal. Le aventé el del trabajo. Me exigió: “dame tus joyas y alhajas”. Tomó los celulares… y volvió a apuntar. Disparó directo a mi pierna izquierda. Sentí un pellizco. Luego, el calor de la sangre.
Mi amigo creyó que era una pistola de postas. Le dije que no. Me ayudó a levantarme. Recuerdo el rostro de miedo de quienes estaban cerca. Siempre cargaba mi gafete del periódico; se los mostré para tranquilizarlos. Me ayudaron a llegar a una banca de concreto y levantar la pierna.
En ese tiempo, las ambulancias no entraban hasta que la zona estuviera asegurada. Llamé a un compañero del periódico, Memo Vacio, para que apoyara con el envío de una unidad. En minutos llegaron Policía Federal, municipales, Ejército y Cruz Roja. También mi compañero, preguntando a dónde quería ser trasladado.
Un particular ofreció llevarme al Sanatorio Español, pero yo ya había contactado a mi familia para que llevaran mis documentos del Seguro Social. No les dije que me habían disparado, solo que me habían “alcanzado”. Finalmente fui al sanatorio. Pensé que entraría a quirófano, como en las películas. No fue así. Solo urgencias, observación y radiografías. El médico determinó que la bala no debía retirarse para evitar mayores daños.
Me recetaron analgésicos y antibióticos. Curaron la herida. Permanecí dos noches internado. La primera, con miedo de que regresaran a rematarme. No sabía que eso era ansiedad. Cualquier frenón de un auto me descolocaba.
No recibí atención en salud mental. Al contrario: un año después, las pocas garantías laborales se redujeron. Fui cambiado a un esquema de outsourcing. Los gastos médicos nunca llegaron. Caí en depresión sin darme cuenta. Subí de peso. La bebida ayudó… o eso creía.
Fue hasta 2012, en un curso de Artículo 19 y la Cruz Roja Mexicana, cuando entendí lo que había vivido. Justo en esos días ocurrió el secuestro de cinco compañeros y amigos de otras áreas. Ninguno era periodista. Ninguno recibió atención en salud mental.
Hoy el tema sigue siendo el mismo: no es solo lo que pasó, es lo que nunca se atendió. Con el tiempo entendí que sanar no es borrar la herida, sino escucharla, darle un lugar y reconocer que la salud mental no es un lujo ni un tema secundario: es una necesidad en cualquier oficio.
Porque sobrevivir te mantiene en pie…
pero cuidar la mente es lo que realmente te permite seguir adelante.-
