16 años con una bala en la pierna: el costo en salud mental tras la violencia

Dicen que no hay que revolver el pasado, pero para un periodista eso es imposible sin referencias. Hace un año lo intenté al eliminar los recortes de periódico donde se relataba cómo una bala calibre .22 -, arriba de la tibia, desde aquel 26 de abril de 2010. No soy parte de la estadística de periodistas3 agredidos por la violencia, aunque ocurrió en la llamada “La Laguna del miedo”, cuando Torreón era una de las ciudades más violentas del mundo.

Los compañeros de la prensa lo documentaron así: “Asaltan a reportero de El Siglo; resulta herido en el tobillo”. Pero mi historia no cabe en un encabezado. Fue un año marcado por masacres: la balacera afuera de Galerías, el motín en el Cereso de Gómez Palacio. Cubría casi todo. Sin embargo, mi caso no fue considerado dentro de los eventos violentos. El contexto era otro.

Iba con un amigo, saliendo de cenar del  Sirloin Stockade, y pasamos por la Plaza del Eco pedí parar para grabara aspectos para un videorreportaje sobre cómo los niños ya no salían a jugar a la calle. Lo realizaba con la entonces editora Blanca Hernández, para El Siglo de Torreón. a Era un video periodista con iniciativa: lo mismo grababa debajo de un tren que desde un helicóptero sin cinturón de seguridad.

Para quienes me conocen, esta historia ya está contada. Pero hoy el tema es otro: la salud mental. En aquel entonces, la juventud y la adrenalina eran mis acompañantes. Creía que se cumplía un sueño de niño: morir en una cobertura de guerra. Así lo pensaba cuando veía las noticias de Bosnia y Herzegovina (1992-1995). Soñaba con morir en un atentado en vivo. Pero a mis 27 años no era el momento: fue una bala pequeña, y sí, estaba en cobertura de guerra… en la del narcotráfico.
Ese era u nmartes cuando  un par de jóvenes sicarios nos confundieron con halcones en la Plaza del Eco. La zona era un punto crítico de violencia por su salida rápida hacia Gómez Palacio. Era común el robo de autos o el abandono de cuerpos. Al bajarme en el área de juegos para tomar imágenes, vi un vehículo detenerse. Dos sujetos descendieron. Para no alarmar a mi amigo, sugerí movernos a la cancha de basquetbol, donde había gente.

Nos siguieron sin saberlo hasta que escuché un frenón y un disparo. De un vehículo descendió, del lado del copiloto, un joven de aspecto llamativo: alto, delgado, con la camisa llena de piedras y gorra. Nos gritó: “¡Al suelo, pinches halcones!”. Ahí entendí que nos habían confundido con el otro grupo.
Yo ya había estado en fuego cruzado en otros eventos violentos  con periodistss hoy funcionarios  como  Luis  Morales en la Alianza . Con la pistola apuntándome, vi mi vida pasar en milésimas de segundos Pensé que ese sería mi fin. Pero no.

Le aventé el celular de trabajo. No vio mi cámara, pues había caído sobre ella en el maletín. Ns  exigió: “Denme sus joyas y alhajas”. Tomó los celulares… y volvió a apuntarme. Disparó a mi pierna izquierda. Tal vez quería darle al piso. Sentí un pellizco. Luego, el calor de la sangre brotando.

Mi amigo creyó que era una pistola de postas. Le dije que no. Me ayudó a levantarme. Recuerdo el rostro de miedo de quienes estaban cerca. Siempre cargaba mi gafete del periódico; se los mostré para tranquilizarlos. Me ayudaron a llegar a una banca de concreto y levantar la pierna.

En ese tiempo, las ambulancias no entraban hasta que la zona estuviera asegurada. Llamé a un compañero del periódico, Memo Vacio, para que apoyara con el envío de una unidad. En minutos llegaron Policía Federal, municipales, Ejército y Cruz Roja. Como ellos  llegomi compañero, preguntando a dónde quería ser trasladado. Uno de los dueños del periódico le dijo llevarme al Sanatorio Español, pero yo ya había contactado a mi familia para que llevaran mis documentos del Seguro Social. No les dije que me habían disparado, solo que me habían “accidentado”. Finalmente fui al sanatorio. Pensé que entraría a quirófano, como en las películas. No fue así: solo urgencias, observación y radiografías. El médico determinó que la bala no debía retirarse para evitar mayores daños.

Me dierron analgésicos y antibióticos. Curaron la herida. Permanecí dos noches internado. La primera ya con niveles  de adrenalina  bajo  dirton paso al miedo, creia que regresarán a rematarme. No sabía que eso era ansiedad.  sin darme cuenta  cargue  con  ella como cualquier frenón de un auto me descolocaba.

No recibí atención en salud mental. Al contrario: un año después, las pocas garantías laborales se redujeron. Fui cambiado a un esquema de outsourcing sin saberlo; hoy afecta mi pensión por discapacidad. Los gastos médicos nunca llegaron. Caí en depresión sin darme cuenta. Subí de peso. La bebida me acompañó, llamándola “desestrés”.

Fue hasta 2012, en un curso de Artículo 19 y la Cruz Roja Mexicana, cuando entendí lo que había vivido. Justo en esos días ocurrió el secuestro de cinco compañeros y amigos de otras áreas del periódico Ninguno era periodista. Ninguno recibió atención en salud mental.

Hoy el tema sigue siendo el mismo: no es solo lo que pasó, es lo que nunca se atendió. Con el tiempo entendí que sanar no es borrar la herida, sino escucharla, darle un lugar y reconocer que la salud mental no es un lujo ni un tema secundario: es una necesidad en cualquier oficio.

Porque sobrevivir te mantiene en pie…
pero cuidar la mente es lo que realmente te permite seguir adelante.-

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