
El resurgimiento del Grupo Torreón y la disputa por el futuro político de La Laguna

Hoy haremos un breve repaso por una de las historias políticas más interesantes del Torreón contemporáneo.
La historia moderna demuestra que las tribus del poder nunca permanecen intactas. Nacen alrededor de un liderazgo, se fortalecen con victorias electorales y, con el tiempo, algunos de sus integrantes construyen proyectos propios o incluso cambian de partido. El llamado Grupo Torreón es quizá el mejor ejemplo de ello en la política moderna coahuilense.
Su consolidación llegó en 2017, cuando Miguel Ángel Riquelme Solís asumió la gubernatura del estado. Por primera vez en décadas, un gobernador lagunero arribó a la capital acompañado de un amplio equipo político y técnico que ocupó posiciones estratégicas en áreas financieras, administrativas, de seguridad, justicia y operación política.
Entre las figuras más identificadas con esta corriente aparecen su compadre y amigo Xavier Herrera Arroyo, considerado uno de los hombres de mayor confianza y operador financiero del riquelmismo; Eduardo Olmos Castro, exalcalde de Torreón y expresidente de la Junta de Gobierno del Congreso del Estado; Miguel Felipe Mery Ayup, quien llegó a la presidencia del Tribunal Superior de Justicia; y Gerardo Márquez Guevara, fiscal general del Estado.
También formaron parte de la órbita política del Grupo Torreón, en distintos momentos, Verónica Martínez García, Román Alberto Cepeda González, Lauro Villarreal Navarro, la fallecida Laura Reyes Retana, Lety Castaño, Dulce Pereda y José Antonio Gutiérrez Jardón, además de operadores territoriales y coordinadores regionales de programas gubernamentales en La Laguna.
Pero ninguna tribu política permanece inalterable.
Con el paso de los años, algunos de sus cuadros migraron hacia Morena y hoy forman parte de la oposición regional. Entre ellos destacan Shamir Fernández Hernández, exdiputado y exdirigente priista en Torreón; Jorge Luis Morán Delgado, exalcalde interino y exsecretario del Ayuntamiento; y Gerardo Berlanga Gotés, exsecretario de Inversión Pública Productiva de Coahuila y uno de los funcionarios de mayor perfil técnico del riquelmismo.
Paradójicamente, varios de los cuadros que hoy representan a Morena tuvieron su formación política, administrativa o electoral dentro de la estructura construida durante la etapa de predominio del Grupo Torreón.
Y cuando muchos consideraban que esta corriente había perdido fuerza, los números de 2026 contaron otra historia.
La alianza PRI-UDC obtuvo 684 mil 515 votos, equivalentes al 55 por ciento de la votación estatal, y ganó los 16 distritos de mayoría relativa.
En Torreón, la influencia de los cuadros vinculados al grupo volvió a hacerse evidente. Ximena Villarreal Blake ganó el Distrito 8 con poco más del 61 por ciento de la votación, respaldada por la estructura política construida alrededor de Eduardo Olmos . En el Distrito 9, Verónica Martínez García superó el 62 por ciento de los votos, con el respaldo del entorno político cercano al exgobernador Miguel Ángel Riquelme Solís. En el Distrito 11, Hugo Dávila Prado rebasó el 60 por ciento de la votación, apoyado por una estructura territorial en la que participó Xavier Herrera Arroyo. A ello se sumó el triunfo de Felipe González Miranda en el Distrito 10.
Más que simples victorias electorales, estos números significan que el Grupo Torreón conserva estructura territorial, operadores experimentados y capacidad de movilización. En política, un grupo que contribuye a ganar cuatro de cuatro distritos en la principal ciudad de La Laguna y forma parte de una victoria estatal del 55 por ciento difícilmente puede darse por desaparecido.
Sin embargo, la realidad política de Torreón ya no se explica únicamente por el Grupo Torreón.
La segunda corriente son los llamados cepedistas, surgidos alrededor del liderazgo de Román Alberto Cepeda González. Su principal fortaleza estuvo en el gobierno municipal. Ahí convergieron funcionarios de nuevo cuño, operadores políticos que se sintieron desplazados del Grupo Torreón y cuadros que encontraron en el Ayuntamiento una nueva oportunidad de crecimiento político y administrativo.
Entre los nombres asociados a esta corriente aparecen Lauro Villarreal Navarro, compadre y colaborador político cercano de Román Cepeda, además de funcionarios municipales, operadores territoriales y cuadros administrativos que construyeron su carrera alrededor del proyecto del fallecido alcalde.
La tercera corriente es el llamado Grupo Saltillo, articulado alrededor del gobernador Manolo Jiménez Salinas y de buena parte de la generación política que hoy ocupa las principales posiciones del gobierno estatal. Como suele ocurrir en la política mexicana, la llegada de un nuevo gobernador significó también el ascenso de un nuevo grupo político con capacidad de decisión, construcción de acuerdos y control institucional.
Y ahí se encuentra la gran pregunta sobre el futuro de Torreón.
La muerte del alcalde Román Alberto Cepeda González abrió un proceso político extraordinario y, al mismo tiempo, una etapa cargada de incertidumbre. Por primera vez en años, las tres corrientes observan el mismo tablero y entienden que la decisión que se tome marcará el futuro político de la ciudad.
Actualmente, el encargado del despacho es Luis Jorge Cuerda Serna, primer regidor, empresario y expresidente de la CANACO, un perfil surgido del entorno cepedista. Si aspira a trascender en la política, tiene ante sí la oportunidad de dejar huella al haberse encontrado, de manera inesperada, con la responsabilidad de conducir el Ayuntamiento en una de sus etapas más delicadas.
Cuerda tiene hoy a su favor el control administrativo del Ayuntamiento, el respaldo de una parte del sector empresarial y una relación institucional con actores relevantes del gobierno municipal. Incluso, en los círculos políticos y empresariales se menciona que diversos representantes de cámaras y empresarios de alto nivel han sostenido conversaciones en Saltillo para explorar la posibilidad de que Cuerda permanezca al frente del gobierno municipal, al menos hasta diciembre, bajo alguna figura de transición política de «alcalde temporal«, figura que hoy no existe en la ley, pero que en la política mexicana pocas veces impide la construcción de acuerdos.
Sin embargo, no es el único nombre sobre la mesa.
También se menciona a Hugo Dávila Prado, cuya cercanía con el gobernador Manolo Jiménez y su reciente triunfo electoral lo convierten en un perfil atractivo. Además, mantiene una relación institucional con integrantes de parte del Grupo Saltillo y con el cepedismo, al conservar vínculos con el entorno de Ernesto Cepeda, quien coordinó políticamente su campaña y se posiciona como un pilar del grupo de su padre, pero con actitud conciliadora.
Otro nombre recurrente es el de Miguel Felipe Mery Ayup, un perfil natural por experiencia y trayectoria institucional. Sin embargo, en algunos círculos políticos de Saltillo se considera que sus eventuales aspiraciones futuras a la gubernatura podrían convertirlo en un actor demasiado relevante para una posición de carácter temporal. (Por cierto, avisen a Mery que aquí no inventamos, solo aderezamos).
Incluso se ha mencionado a Miguel Ángel Riquelme Solís, aunque en el entorno político prevalece la percepción de que el exgobernador prefiere mantenerse en su responsabilidad como senador y continuar operando desde el ámbito nacional.
Más allá de los nombres y de las tribus políticas, la discusión de fondo es otra. Torreón necesita certidumbre y gobernabilidad.
Quien llegue al gobierno municipal tendrá que entender que ya no se trata solamente de administrar la sucesión de un alcalde fallecido. Se trata de ejercer liderazgo, construir acuerdos entre grupos políticos y devolver estabilidad a la principal ciudad de La Laguna.
Porque las tribus del poder rara vez desaparecen.
Simplemente cambian de generación, de liderazgo… y, en ocasiones, se ven obligadas a aprender que ninguna corriente, por poderosa que sea, puede gobernar sola.

PREGUNTA OFICIOSA
¿El viento tuvo la culpa o falló la prevención?
El comunicado oficial sobre el incidente registrado este domingo en el Centro de Convenciones Torreón atribuye lo ocurrido en la atracción inflable Gravity Bounce a una fuerte ráfaga de viento y una lluvia repentina. Puede ser. En La Laguna el viento no es precisamente un invitado inesperado. Precisamente por esa realidad climática existen los protocolos de Protección Civil: para anticipar riesgos, revisar estructuras, verificar anclajes y asegurarse de que las medidas de emergencia funcionen antes de que ocurra un incidente. Porque si un inflable de estas dimensiones podía ser levantado por el viento, la pregunta es inevitable: ¿estaba realmente sujeto para resistir las condiciones previsibles de la región?
La otra pregunta apunta hacia la coordinación regional de Protección Civil en La Laguna, encabezada por Claudia González. ¿Se realizaron las inspecciones correspondientes? ¿Se verificó el estado de las estructuras inflables, las conexiones de los equipos y la disponibilidad de atención médica requerida para una atracción infantil de estas dimensiones? El saldo blanco es, sin duda, la mejor noticia, pero no cancela las dudas. Porque si la explicación termina siendo que todo fue culpa del viento, la Pregunta Oficiosa es sencilla: entonces, ¿para qué sirven las supervisiones preventivas? Los malpensantes creen que la señora estaba más ocupada degustando los hot dogs del negocio frente a su sitio de preferencia, «El Capullo». Por cierto, otros dicen que hubiera sujetado al menos los inflables con su camioneta Tacoma del año.
