
Elección estatal, pero Román Cepeda busca blindaje: municipalizar el costo

En Coahuila, las diputaciones locales no todas se están cocinando en el Congreso ni en el Palacio Rosa; las que corresponden a los distritos de Torreón se hornean en oficinas municipales, reuniones privadas y chats donde la política se parece más a logística que a ideología. La última semana de definiciones corre del 22 al 28 de febrero, con el 28 como fecha límite ante el IEC para afinar registros y movimientos internos. La campaña se volvió municipal porque así conviene como blindaje: el voto se explica por lo que la gente vive a diario —servicios que fallan, seguridad que llega tarde, obras que se inauguran dos veces, agua que se cobra como si fuera Evian y calles que prometen pavimento “el próximo trimestre” desde hace tres años— y porque, cuando la bronca es local, el costo también se queda local. Arriba se reparten culpas con guantes quirúrgicos; abajo se reparten operadores con nombre y apellido. El territorio manda; el discurso adorna.
El termómetro interno marca una constante: “aquí todos suponen y cuestionan”. Desde equipos cercanos, tanto de Morena como del PRI, se temía que Román Alberto Cepeda o su gente operaran en contra de candidatos priistas designados desde Saltillo. Pero, con las observaciones de auditorías estatales y federales a la administración municipal y el riesgo de que los agravios se cobren políticamente, la consigna es pragmática: llevarse bien con todos. Del lado de Morena saben que cualquiera de sus coordinadores “casi candidatos” puede subir a tribuna contra Román y empujar denuncias penales; del lado del PRI, si no hay respaldo interno, los reproches pueden regresar desde una curul convertidos en campaña de desgaste.
Por eso, Román y su grupo juegan a favor donde pueden y, cuando no logran imponer candidaturas, se conforman con controlar piezas clave. El Distrito 8 se perfila para la hija de Lauro Villarreal; la regidora Ximena Villarreal aparece como carta del grupo, con el antecedente de que su padre coordinó la campaña de reelección. El problema es el apellido: Lauro Villarreal arrastra resistencias internas en el PRI por decisiones pasadas que afectaron a cuadros locales. En corto lo dicen sin rodeos: Lauro no es querido por muchos. Ese lastre no es menor y puede salpicar a aliados y operadores como Mario Cepeda, con su extensa parentela y guiños hacia Morena; el archivo muerto siempre revive cuando hay boleta de por medio.
Otro frente incómodo es Omar Morales, “El Caballo”, esposo de Olivia Martínez, con influencia territorial. De acuerdo con el contexto, no está conforme con los acomodos actuales y mantiene diferencias con Lauro. No es personal: es político. Y en política, los desacuerdos se cobran en urnas.
Desde Saltillo tampoco vieron con buenos ojos al director de Desarrollo Social, Héctor Estrada, como suplente o coordinador de Felipe González para el Distrito X. Ante ese bloqueo, la lectura que corre es que Román a logró colar, en los hechos, a su jefe de Gabinete, Ariel Martínez , como relevo operativo y “premio de consolación” para mantener control político.
Aunque se niegue, la oficina de Ariel Martínez ya opera con control de accesos: no porque conduzca a Narnia, sino porque en la sala de jnuntas se mueven piezas, agendas y “apoyos” que empiezan a aceitar la maquinaria. Se volvió cuarto de operaciones, con presencias ya instaladas como “voceras” del respaldo que está llegando. Ariel lo niega, como niega tener presupuesto propio; pide que no se le cuelguen medallas ajenas. Aun así, en pasillos se comenta que el paquete es grande y que algunos preferirían verlo de suplente, donde haría menos ruidaño. También se le ha visto buscar encuentro con Rodrigo González, del Centro de Convenciones; la lectura es que se cocina su papel como suplente de Felipe o, cuando menos, el uso de instalaciones como búnker lagunero de operación.
Por el Distrito 9 aparece Verónica Martínez, con quien Román dice llevar relación institucional correcta. Los malpensados recuerdan que en tiempos del Miguel Ángel Riquelme como gibernaor ella sería lacandidata, a la alcskdía de Tiorreón pero un «Pepé grillo » ke sugiripó que no y le ofrecipo a Román En política local, la memoria es selectiva: hoy se saluda; mañana se cobra.
Del otro lado, con Hugo Dávila Prado en el Distrito 11 —con quien Román sonríe frente a cámaras— la incomodidad es pública y privada. Hugo aceptó como coordinador a un operador cercano al clan Cepedc con el hijo del akcsklde Ernesti Cepeda quien tambipen anheló una candidstura; el problema, dicen en corto, es que Neto no se mueve solo y carga con piedras bastes pesada lo que genera fricciones con otros operadores del territorio.
En la lectura de calle y de pasillode Morena hay tres nombres que no pueden quedarse callados, aunque lo intenten: Antonio Attolini Murra (Distrito 9), Shamir Fernández (Distrito 10)y Cintia Cuevas Sánchez.(Distrito 11),
En el caso de Shamir, se comenta que cuenta con la experiencia de un operador veterano conocido como “Leo”, con más de 25 años de oficio desde los tiempos del priismo. El problema, dicen en corto, es su debilidad política: dejarse endulzar el oído con encuestas a modoal contratara a Jorge Reyes —quien ha trabajado con Román— para afinar estrategia. En las mediciones de desconocimiento del Distrito X,le duicen a Shamir que su esposa Pili y Felipe aparecen en niveles similares; en la pregunta de desvcinocimiento, lo que ppomne en duda,a más de uno, pues Felipe opera casa de gestión lleva ventaja circunstancial,
En el Distrito 11, con la supuesta intervención de Andy López Beltrán, se habla de mover piezas dentro de Morena Coahuila ; otros creen que dejarán todo igual. Con Cintia Cuevas, el juego depende de su licenciac como diputsds federal, y del efecto colateral para su esposo, aún en espera de definición. No sería la primera vez que alguien se adelanta a los tiempos —ahí está su comñpañeroi de psartido Sergio Mayer—. Morena es impredecible: cambia de piezas sobre la marcha cuando le conviene.
Y mientras eso ocurre, el país arde y la apuesta de la 4T es que gobernadores morenistas aparezcan en Coahuila a “apoyar” o, según el humor político, a meter ruido. No pocos dicen “mejor nadota ”: el costo reputacional pesa. Que asomen figuras de estados con crisis de seguridad o escándalos no suma: contamina la campaña local.
Las mediciones no todas pesan igual. Hay encuestas que ordenan estrategia y hay espejismos que ordenan egos. En Coahuila, los operadores que ganan elecciones se mueven con números que ya demostraron acierto; lo demás sirve para mantener fidelidades de café. Por eso el municipio importa tanto: ahí se corrige la encuesta con realidad, y la estructura convierte intención en voto… o en abstención.
A pocos días de develar quiénes y cómo irán las fórmulas — hasta este domingo desde Saltillo—, el hermetismo sigue: dicen que así son, de último momento. ¿Y el PAN? Viejos operadores del blanquiazul lo dicen sin filtro: esta elección es muy difícil que la pierda el PRI si la participación se mantiene entre 43 y 45%; con esos números, Morena no le alcanzaría El tricolor, estiman, se mueve entre 24 y 28% por distrito; matemática simple: no le da a los guindas (salvo que haya acuerdos).
Estas diputaciones se juegan como ensayo general y el reloj corre: 28 de febrero, límite ante el IEC. Quien llegue tarde, llega débil. Algunos compiten por la curul; otros se miden para la siguiente estación. Entre tanto, el municipio de Torreón recauda, el ciudadano paga hoy y la política cobra mañana. Si no te dicen qué haces es porque ya te asignaron tarea; y si nadie puede pasar a tu oficina, no es secretismo: es precampaña. La democracia se pinta de barrio, pero el brochazo lo traen los operadores.
