
De tal palo, tal maña: apellidos que mandan en el Ayuntamiento de Torreón

En el Ayuntamiento de Torreón, el servicio público empieza a parecer negocio privado… con apellido. No es una acusación al aire: es el eco constante que baja de pasillos, sótanos, ventanillas y calles. Cuando el ciudadano se queja de trámites, abusos o cobros “irregulares”, el problema ya no parece ser solo el sistema… sino quién lo opera. Y ahí es donde aparece la palabra incómoda que muchos prefieren rodear: nepotismo.
Los casos que circulan dentro del propio Ayuntamiento apuntan a una práctica que no es nueva, pero sí cada vez más evidente. Nombres que coinciden en cargos estratégicos, familiares en áreas de control y decisiones que parecen responder más a vínculos que a perfiles. El ejemplo que más se repite es el de Luis Padilla, en Urbanismo, como jefe de inspectores, y su hijo —con el mismo nombre— en Parquímetros. Aquí aplica el dicho: “lo que no se hurta, se hereda”. Ambos presentan señalamientos por conflictos con ciudadanos en la vía pública, particularmente en temas relacionados con cobros y operativos. Dos áreas distintas, sí, pero conectadas por una lógica que no cambia: control en calle, presión recaudatoria y fricción constante con la ciudadanía y el personal directo. No es una sentencia, pero tampoco un simple rumor de café.
A esto se suman versiones que apuntan a una red más amplia dentro de áreas sensibles. En redes destaca el nombre de Gerardo Guajardo, en Tesorería, ha sido expuesto en redes por ciudadanos que señalan un presunto trato cínico, prepotente y distante en ventanilla. De acuerdo con testimonios, estaría vinculado a procesos de liquidación relacionados con metros de construcción no reportados en el área de Ingresos. También se menciona que su llegada al cargo habría sido influida por su padre —quien era un notificador de larga trayectoria— y que, para abrirle espacio, se habría removido a una trabajadora identificada como “Lupita”. Dichos que circulan, que incomodan… y que, sobre todo, exigen claridad institucional.
Estos son apenas casos de nivel medio, pero no los únicos. En el Cabildo de Torreón, la crítica recurrente apunta a la presencia de perfiles señalados por cercanía o vínculos familiares —los llamados “nepobabies”—, un tema que, por sí solo, amerita una revisión aparte.
El patrón que se dibuja no es menor: posiciones clave ocupadas por perfiles señalados por su cercanía interna más que por su desempeño, en áreas donde pasa dinero, decisiones y presión ciudadana. La percepción que se instala es clara: no todos llegan por méritos; algunos llegan por apellido o recomendación. Y en política municipal, esa diferencia pesa… y se siente en la calle.
Pero hay un dato que, de confirmarse, rompe cualquier justificación: la presunta venta de plazas sindicales. Versiones recogidas en redacción hablan de cifras cercanas a los 350 mil pesos por espacio. Si esto resulta cierto, ya no estamos ante nepotismo ni influyentismo: estamos frente a un mercado interno donde el empleo público se compra y la institución pierde su esencia. Y cuando el acceso al servicio público tiene precio, la corrupción deja de ser excepción… y se vuelve modelo.
En medio de todo, el ciudadano queda como siempre: atrapado. Si construye, lo inspeccionan. Si no reporta, lo multan. Si regulariza, paga. Y en cada paso crece la sospecha de que las reglas no son iguales para todos. Porque cuando quien cobra también decide, y quien decide tiene respaldo interno, la línea entre autoridad y abuso se vuelve peligrosamente delgada.
El foco inevitable apunta hacia el alcalde, Román Alberto Cepeda, no por señalamiento directo, sino por responsabilidad institucional. Porque en cualquier estructura pública, lo que ocurre dentro también habla de quien encabeza. Y la pregunta ya no es si hay ruido… sino por qué no se apaga.
En Torreón, el problema no es que haya familias en el servicio público. Eso ha existido siempre. El problema es cuando el servicio público deja de ser público… y empieza a operar como patrimonio. Porque entonces, lo que se administra no es una ciudad: es una estructura de intereses. Y eso, más que molestar, termina por erosionar la confianza que aún sostiene al gobierno.
“Mejor nadota”: así recibió el PRI de Coahuila a Alito en pleno puente

Este viernes hubo llamado para el priismo coahuilense en Saltillo. En pleno Día del Trabajo —asueto para muchos e inicio de puente largo— la asistencia fue más por compromiso que por convicción. La “carta fuerte” era la presencia de su dirigente nacional, Alejandro Moreno Cárdenas, pero el ánimo no acompañó y entre grupos de WhatsApp se reenviaba el ya clásico “mejor nadota”.
Antes del evento, hubo encerrona en Palacio de Gobierno con el gobernador Manolo Jiménez Salinas y las fórmulas de quienes buscarán las 16 diputaciones locales. Después vino la “comida de la unidad” en Villas de Ferrer, con un acceso tan discreto que —según versiones— algunos invitados entraron por la cocina, en una reunión que no logró encender el entusiasmo esperado.
Ahí se reunieron las distintas corrientes del tricolor estatal, pero ni el escenario levantó el ánimo. Fiel a su estilo, el líder nacional se destapó como el único perfil rumbo a la Presidencia, declaración que generó más cejas levantadas que aplausos. En paralelo, el exgobernador Rubén Moreira Valdez pasó sin ruido: el aplausómetro no lo acompañó.
Entre los invitados estuvieron varios alcaldes priistas, con una ausencia que no pasó desapercibida: la del edil de Torreón, Román Alberto Cepeda González. Versiones apuntan a que buscaría una plurinominal rumbo a 2027. En el PRI estatal se habló de unidad, pero la pregunta quedó en el aire:¿cohesión real o solo vino a ver cómo sobrevive el último bastión del PRI?
