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Editoriales de opinión de
Iván P. Corpus-Lozoya

Este 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados contra Estados Unidos que dejaron cerca de tres mil personas muertas y transformaron, entre muchas otras cosas, la forma en que millones de personas viajan en avión.
Antes del 11-S, pasar por un aeropuerto podía ser considerablemente más sencillo. Los filtros estaban principalmente orientados a detectar armas de fuego, explosivos evidentes y cuchillos grandes. Incluso algunas navajas pequeñas podían ingresar legalmente a la cabina.
La Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas contra Estados Unidos documentó que, antes de los atentados, las reglas permitían algunas navajas con hojas menores a cuatro pulgadas y que los controles de seguridad presentaban deficiencias conocidas desde años atrás.
Todo cambió cuando cuatro aviones comerciales fueron secuestrados el 11 de septiembre de 2001 y los atacantes demostraron que una aeronave podía dejar de ser solamente el objetivo de un secuestro para convertirse en el arma.
Uno de los primeros grandes cambios ocurrió apenas dos meses después.
El 19 de noviembre de 2001, el presidente George W. Bush promulgó la Aviation and Transportation Security Act, mediante la cual fue creada la Transportation Security Administration (TSA).
Hasta entonces buena parte de los controles en aeropuertos estadounidenses eran efectuados por compañías privadas contratadas por las propias aerolíneas. Con la nueva legislación, la seguridad aeroportuaria pasó a tener una participación mucho mayor del gobierno federal.
La TSA comenzó a desplegar decenas de miles de agentes, tecnología para detectar explosivos y nuevos procedimientos para revisar pasajeros, equipaje de mano y maletas documentadas.
Aquello que hoy parece rutinario —filas, bandejas, detectores, escáneres y revisiones adicionales— comenzó a convertirse en parte de la nueva experiencia de viajar.
La cabina del piloto dejó de ser una simple puerta
Probablemente uno de los cambios más importantes ocurrió lejos de los filtros de seguridad.
Las puertas de las cabinas de los pilotos fueron reforzadas para resistir intentos de entrada forzada e incluso impactos balísticos.
Antes del 11-S, la puerta de la cabina servía fundamentalmente para separar a los pilotos de los pasajeros y permitirles trabajar sin interrupciones. Después de los atentados, impedir que un atacante pudiera tomar nuevamente el control de una aeronave se convirtió en una prioridad.
En enero de 2002 Estados Unidos estableció nuevos estándares para reforzar esas puertas y posteriormente exigió su instalación en determinadas aeronaves comerciales.
También cambiaron los protocolos para abrir la cabina durante el vuelo y se fortalecieron programas como los Federal Air Marshals, agentes que pueden viajar armados y de incógnito.
¿Y los líquidos de 100 mililitros?
Aquí existe una confusión frecuente.
La prohibición de subir botellas grandes de agua, refrescos, perfumes, geles y otros líquidos no comenzó inmediatamente después del 11-S.
Llegó casi cinco años después.
El 10 de agosto de 2006 se impuso inicialmente una prohibición prácticamente total de líquidos en el equipaje de mano después de descubrirse un plan terrorista que pretendía utilizar explosivos líquidos para destruir aviones que viajarían desde Reino Unido hacia Norteamérica.
Después de realizar pruebas, las autoridades determinaron que podían permitirse cantidades reducidas.
Así nació la llamada regla 3-1-1, que permite líquidos, aerosoles, geles, cremas y pastas en recipientes individuales de hasta 3.4 onzas, equivalentes aproximadamente a 100 mililitros, dentro de una bolsa transparente autorizada.
En 2026 esa limitación continúa formando parte de las reglas generales de la TSA para equipaje de mano.
Por eso una botella de agua comprada antes del filtro puede terminar en la basura, mientras que una adquirida después del control de seguridad sí puede llevarse al avión.
Los zapatos también tienen su propia historia
Otra imagen asociada durante años con los aeropuertos estadounidenses fue quitarse los zapatos antes de pasar por seguridad.
Pero tampoco nació directamente del 11-S.
La medida estuvo relacionada con el intento de atentado cometido por Richard Reid en diciembre de 2001, cuando trató de detonar explosivos ocultos en sus zapatos durante un vuelo entre París y Miami.
Durante años quitarse el calzado se convirtió prácticamente en ritual para millones de pasajeros.
Sin embargo, esa medida ya cambió.
El 8 de julio de 2025, el Departamento de Seguridad Nacional anunció el fin de la política general que obligaba a los pasajeros a quitarse los zapatos al atravesar los puntos de inspección de la TSA en aeropuertos estadounidenses.
Es un ejemplo de cómo las medidas nacidas después del 11-S también evolucionan conforme mejora la tecnología.
Maletas bajo vigilancia
También cambió profundamente la revisión del equipaje documentado.
La estrategia posterior al 11-S incorporó sistemas de detección de explosivos, rayos X más avanzados y posteriormente equipos de tomografía computarizada, capaces de generar imágenes mucho más detalladas del contenido de las maletas.
Hoy la seguridad aérea estadounidense funciona bajo el concepto de múltiples capas: inteligencia, verificación de pasajeros, controles en los aeropuertos, detección de explosivos, equipos caninos, agentes armados y protección de las cabinas.
Los escáneres corporales también terminaron formando parte de ese sistema.
Ya no basta con tener boleto
El 11-S también impulsó una revisión mucho más profunda de quién aborda un avión.
Las listas de pasajeros comenzaron a compararse con bases de datos gubernamentales y listas de vigilancia vinculadas con seguridad nacional.
La identidad del pasajero adquirió una importancia que no tenía antes de 2001.
Al mismo tiempo, las zonas posteriores al filtro quedaron mucho más restringidas. Aquella imagen de familiares acompañando a una persona prácticamente hasta la puerta de embarque desapareció en buena parte de Estados Unidos.
Nació todo un nuevo aparato de seguridad
La transformación no terminó en los aeropuertos.
Tras los atentados, Estados Unidos reorganizó una parte considerable de su estructura de seguridad.
En 2002 fue creado legalmente el Department of Homeland Security (DHS) y en 2003 comenzó a operar integrando total o parcialmente 22 dependencias y agencias federales bajo una estructura común.
Era una de las mayores reorganizaciones del Gobierno estadounidense en décadas.
Del detector de metales al reconocimiento de identidad
Veinticinco años después, el cambio continúa.
Los tradicionales detectores de metales conviven ahora con tomógrafos para equipaje, escáneres corporales, sistemas automáticos de verificación de documentos y nuevas tecnologías de identificación.
La TSA incluso ha comenzado a introducir puertas electrónicas y sistemas automatizados de verificación de identidad en determinados aeropuertos.
La tendencia apunta a que algunos procedimientos incómodos creados durante las últimas dos décadas puedan ir desapareciendo conforme los equipos sean capaces de identificar amenazas sin obligar al pasajero a sacar o quitarse tantas cosas.
Pero el principio nacido del 11-S permanece.
Antes de 2001, buena parte de la seguridad aérea estaba diseñada alrededor de una pregunta: ¿lleva alguien un arma al avión?
Después del 11 de septiembre, la pregunta cambió:
¿puede alguien apoderarse del avión y convertirlo en un arma?
Ese cambio de paradigma explica buena parte del aeropuerto que conocemos hoy.
Y también explica por qué una botella de agua, una maleta, una puerta cerrada o una revisión de identidad dejaron de ser simples detalles de un viaje y pasaron a formar parte de un sistema de seguridad que comenzó a construirse hace 25 años.
