A Manlio Fabio Beltrones le bastó un fragmento de video para sacudir más de una oficina en Torreón. El viejo priista recordó una diferencia elemental que suele perderse entre nombramientos, fotografías oficiales, camionetas, asistentes y tarjetas de presentación: entrar a un gobierno no significa entrar a la política. Hay quienes solamente entran a la burocracia. La política exige preparación, experiencia, sensibilidad, oficio y, sobre todo, capacidad para sobrevivir cuando el cargo deja de hacer el trabajo pesado. La reflexión cayó como piedra en estanque lagunero y las ondas alcanzaron particularmente a quienes formaron parte del grupo construido alrededor de la administración de Román Alberto Cepeda González y ahora deben demostrar si detrás del nombramiento existía realmente un político o solamente un funcionario bien acomodado.

No hace falta poner nombres completos; con los apellidos alcanza y sobra: Chufani, Sánchez, Fernández, Barrios, Novello, Farías, López, Martínez y algunos más seguramente entendieron perfectamente por dónde pasó la pedrada de Beltrones. Poner nombre, segundo apellido y CURP sería ensañamiento; varios ya tienen suficiente con cargar desde hace tiempo con esa incómoda clasificación de “muebles de Presidencia”, personajes que ocuparon lugares importantes, estuvieron cerca del poder, aparecieron en fotografías y reuniones, pero cuya capacidad para construir grupo, operar territorio, generar acuerdos o desarrollar una identidad política propia todavía está por demostrarse. Tampoco significa que todos sean incapaces. Algunos tienen experiencia administrativa, relaciones y conocimiento técnico. El punto es otro: estar cerca del poder no necesariamente significa tener poder propio. Hay funcionarios que entregan una oficina y conservan estructura; otros entregan las llaves y descubren que buena parte de su influencia venía incluida con el escritorio.

La palabra que mejor describe esta etapa es supervivencia. Los cepedistas viven una guerra interna que no necesita trincheras porque para eso ya existen columnas, grupos de WhatsApp, rumores, filtraciones y versiones convenientemente acomodadas. Todos estuvieron dentro del mismo proyecto, pero ahora casi nadie parece haber conocido a nadie. Nadie era del grupo duro, nadie recomendó a nadie, nadie sabía nada y, por alguna extraordinaria coincidencia del destino, varios siempre tuvieron una magnífica relación con Miguel Ángel Riquelme. La conversión ha sido tan acelerada que Presidencia pronto necesitará un módulo del Registro Civil para corregir filiaciones políticas.

En una conversación privada con alguien que conoció desde dentro aquella administración le pregunté qué tanto había afectado el canibalismo entre el propio grupo de Román. La respuesta fue directa: “Fue algo de lo que le partió la madre al proyecto de Román”. Mi respuesta fue más corta: “Y siguen”. Otro personaje que formó parte de aquella estructura, cuando le comenté que la grilla entre ellos parecía haberse intensificado, respondió con una pequeña tesis de cuatro palabras: “Todos buscan sobrevivir”. Ahí está buena parte del diagnóstico. Todos buscan sobrevivir. El problema es cómo. Porque algunos parecen convencidos de que para mantenerse a flote primero deben utilizar al compañero como chaleco salvavidas, preferentemente después de empujarlo al agua.

El fenómeno tampoco nació con Riquelme. Desde la administración de Cepeda había voces que advertían sobre perfiles con poca experiencia política y sobre una falta de sensibilidad y oficio en determinadas áreas. Eso no convierte a todo el gabinete en improvisado. Román tuvo funcionarios buenos, otros regulares y algunos que probablemente nunca debieron llegar ni a la recepción del edificio. El problema fue que la competencia interna terminó desgastando a un grupo que hacia afuera presumía unidad y hacia adentro practicaba un deporte mucho más antiguo: ponerle el pie al compañero.

El 2 de julio cambió el centro de gravedad del Ayuntamiento. Miguel Riquelme regresó a la Alcaldía y políticamente comenzó otra etapa. La cabeza es Miguel, el método es Riquelme, la evaluación es suya y la pluma de los nombramientos también. En lenguaje administrativo se llama evaluación permanente. En lenguaje político significa: no desempaquen demasiado. Y cuando las sillas comienzan a moverse, hasta el compañero que ayer era “hermano” descubre repentinamente que el vecino representa una amenaza para la gobernabilidad, la transparencia y, si hace falta completar la columna, hasta para el calentamiento global.

Los métodos para golpearse tampoco son novedosos. Aparece un rumor, alguien lo alimenta, encuentra eco en ciertos espacios periodísticos, se reproduce en chats y finalmente regresa a Presidencia convertido en una “versión muy fuerte”. La política inventó el reciclaje mucho antes que los ambientalistas. Algunas de las mismas vías utilizadas durante años para mover intereses siguen funcionando: columnistas, mensajes, filtraciones y versiones colocadas con precisión quirúrgica. Antes algunos tenían cerca la caja del erario; hoy, si quieren operar políticamente, tendrán que buscar otros caminos o meter la mano en su propio bolsillo. No existen elementos públicos para afirmar que detrás de determinadas publicaciones haya pagos o acuerdos económicos, y asegurarlo sin pruebas sería irresponsable. Pero sí resulta interesante observar cuándo una ofensiva mediática coincide exactamente con el interés de alguien que quiere recuperar una posición. Una cosa es periodismo y otra operación. La diferencia suele hacerse visible cuando quien critica demasiado una silla termina preguntando cuándo quedará disponible.

Martha Alicia Faz conoce bien ese ambiente. La directora de Tránsito llegó con el grupo Saltillo, ha recibido cuestionamientos recurrentes y dentro de los grupos municipales circulan del ya viejo cepedismo, versiones de que algunos de esos golpes provienen de personajes interesados en regresar a posiciones que alguna vez conocieron bastante bien. Sin pruebas, eso debe permanecer donde corresponde: en la grilla. Otra cosa es evaluar su desempeño. Martha ha convertido involuntariamente su imagen en parte de la conversación pública y sus vestidos de temporada han llamado tanta atención que en ocasiones pareciera conocerse primero el outfit del operativo que el resultado del propio operativo. Pero reducir su gestión al guardarropa sería facilón. Una directora de Tránsito debe evaluarse por movilidad, prevención, disciplina y resultados. Para colección otoño-invierno está Liverpool; para poner orden en las calles está Tránsito. Y ahí permanece su examen.

Algo parecido sucede alrededor de Pablo Fernández Llamas en Inspección y Verificación, pero el si es del grupo de los cepedistas, pero encabeza una de esas direcciones capaces de despertar vocaciones de servicio público que nadie sabía que existían. Comercio, establecimientos, ruido, vía pública, negocios, permisos, verificaciones y operativos convierten el área en una dependencia políticamente atractiva. Donde existen intereses siempre aparece alguien interesado en administrarlos. Los golpes contra Pablo han sido constantes. Mientras circulan versiones sobre su eventual salida, permanece en la dirección y continúa operando. También se comenta que podría eventualmente dejar el cargo sin abandonar la estructura gubernamental. Por ahora es solamente eso: una versión. Lo verdaderamente conmovedor es observar cuántos personajes descubrieron súbitamente una profunda preocupación por Inspección justo cuando comenzaron los rumores de cambios. Qué enorme vocación cívica.

El error de algunos aspirantes consiste en pensar que provocar la salida de un funcionario garantiza automáticamente recibir su oficina. Como si Presidencia funcionara como juego de las sillas: se detiene la música, alguien cae y el que empujó más fuerte recibe el nombramiento. Riquelme conoce demasiado bien esa dinámica. Sabe quién visita a quién, quién manda mensajes, quién filtra, quién opera, quién trabaja y quién solamente intriga. También debe saber exactamente cuándo algunos personajes descubrieron que habían sido riquelmistas desde la infancia. El poder produce extraordinarios fenómenos de memoria retroactiva. Aparecen fotografías olvidadas, conversaciones históricas, amistades comunes y relatos destinados a demostrar que, en realidad, nunca estuvieron tan cerca del cepedismo como todos creíamos mientras ocupaban cargos dentro del cepedismo.

Ahí vuelven los Chufani, Sánchez, Fernández, Barrios, Novello, Farías, López, Martínez y compañía. No porque todos estén en la misma condición ni porque necesariamente tengan idénticas aspiraciones, sino porque forman parte de una generación política que ahora enfrenta un examen diferente. Durante años tuvieron cercanía con el poder. Ahora deben demostrar cuánto de aquel peso era suyo y cuánto pertenecía al cargo. Ese examen suele ser cruel: mientras existe oficina todos contestan el teléfono; cuando desaparece el nombramiento se descubre rápidamente quién tenía amigos y quién solamente tenía extensiones.

Pero Riquelme no necesita una nueva generación de riquelmistas espontáneos. De esos sobran cada vez que alguien concentra poder. Riquelme no; es Torreón quien necesita funcionarios capaces. Por eso una frase surgida en otra conversación interna resulta más útil que cualquier estrategia mediática: trabajo mata grilla. Si Martha funciona, su principal defensa serán los resultados. Si Pablo funciona, ocurrirá exactamente lo mismo. Si cualquier otro director funciona, no necesita destruir al vecino para demostrar que merece permanecer. Y si no funciona, difícilmente tres columnas, cinco cafés y dos fotografías con el jefe conseguirán convertir incompetencia en eficiencia.

Dentro de este reacomodo hay una figura que tendría que asumir una responsabilidad diferente: Ernesto Cepeda. No para repartir posiciones ni para confrontarse con Riquelme. Si pretende construir un camino político propio y mantener cohesionada parte de una estructura que durante años tuvo identidad, su tarea debería ser reagrupar y terminar con las pequeñas guerras internas. Conservar capital político no significa conservar nóminas. Significa mantener relaciones, organización, territorio, lealtades y credibilidad. También implica distinguir entre quienes quieren construir un proyecto y quienes únicamente añoran el cargo, el estacionamiento reservado y aquella época maravillosa donde hasta los mensajes de WhatsApp se respondían rápido.

El apellido ayuda, pero no hace milagros. El liderazgo tampoco se entrega por parentesco ni mediante oficio de Recursos Humanos. Se ejerce. Si Ernesto quiere construir una trayectoria, tendría que comenzar por evitar que el cepedismo termine convertido en pequeños grupos dedicados a cobrarse facturas antiguas. No necesita decidir quién conserva cada escritorio. Necesita decidir si existe todavía algo que valga la pena convertir en proyecto político.

Y ahí vuelve inevitablemente Beltrones. Un nombramiento puede entregar oficina, asistentes, invitaciones y una pequeña corte que repentinamente descubre que el funcionario es brillantísimo. Puede conseguir llamadas contestadas y puertas abiertas. Lo que no existe es un documento oficial capaz de fabricar trayectoria política. Estar durante años cerca del poder no convierte automáticamente a nadie en político.

El verdadero problema del cepedismo en esta nueva etapani siquiera es Miguel Riquelme. Puede estar dentro del propio grupo, en esa costumbre de golpearse entre ellos para demostrar quién merece permanecer. Si el canibalismo ya desgastó anteriormente al proyecto, repetirlo confirmaría que algunos aprendieron bastante poco. Miguel ni siquiera tendría que desarticularlos: podrían llegar desarmados, pieza por pieza, uno filtrando contra otro, otro intentando recuperar la oficina del primero y un tercero jurando que nunca estuvo realmente con ninguno.

Beltrones seguramente no estaba pensando en Torreón cuando hizo aquella reflexión, pero vaya puntería. La pedrada salió desde un podcast y llegó directamente a varios escritorios laguneros. Los que aún cobran como directores tendrán tiempo suficiente para decidir si se sienten aludidos. Tampoco hace falta ponerles el nombre completo; ya bastante sufren algunos cuando alguien los llama “muebles de Presidencia”.

Al final el examen es sencillo y bastante cruel: demostrar si durante todos estos años construyeron una verdadera carrera política o simplemente tuvieron un buen asiento dentro de la burocracia. Porque el gafete abre puertas, el puesto genera llamadas y la cercanía con el jefe produce amistades extraordinariamente sinceras… mientras dura.

Lo verdaderamente político comienza cuando uno se queda solamente con su apellido.

PREGUNTAS OFICIOSAS

¿Una sobremesa política o reunión de especies en peligro de extinción?

Una zona que últimamente se ha vuelto particularmente compleja es Viñedos, al norte de Torreón. Por aquellos rumbos ya se han visto animales exóticos escapando, personajes detenidos después de eventos sociales y, ahora, una reunión de funcionarios, exfuncionarios y casi exfuncionarios. Según una versión llegada a esta columna, el encuentro habría ocurrido en Martins Viñedos, donde cualquier mesa con demasiados rostros conocidos termina llamando la atención.

Entre los asistentes habrían estado el exjefe de gsbinete pero que sigue asistiendo Ariel Martínez,el extesorer y hy contralor Óscar Luján Fernández y el juridico Eder Farías. ¿De qué estarían hablando? Quizá Ariel buscaba consejos para seguir aferrado a una silla aunque ya no tenga puesto; tal vez Óscar Luján los invitaba a viajar a Cancún o Mazatlán mediante su nuevo emprendimiento turístico, mientras Eder intentaba descubrir qué hacer con los archivos que, según versiones, habría resguardado desde 2022. Pasado, presente y futuro incierto sentados en la misma mesa; hasta el azúcar debió sentirse bajo investigación.

Dicen que la reunión fue efímera porque comenzaron a sentirse observados y prefirieron retirarse. Tienen derecho a reunirse con quien quieran; lo interesante es qué puede juntar a personajes ligados a la administración anterior en pleno reacomodo municipal. En política, las conspiraciones rara vez comienzan con capa y puñal: normalmente empiezan con café, celulares boca abajo y alguien preguntando si todavía queda disponible una silla.

¿Attolini y Ganem viajaron juntos, pero con la guerra en modo avión?

Vaya tensión —al menos política— en un vuelo de Torreón a la Ciudad de México. Según el testimonio compartido con esta columna, en la segunda fila viajaba el diputado morenista Antonio Attolini con dos acompañantes; apenas una fila atrás iban Pepe Ganem y su esposa. Después de meses de enfrentamientos en medios y redes sociales, faltó que el capitán anunciara: “Abróchense los cinturones, entraremos en zona de turbulencia política”.

Dicen que Attolini regresaba de una convención de gamers, mientras Ganem parecía más ocupado leyendo o, quizá, repasando mentalmente sus propiedades. La escena daba para una versión política de Pobre niño rico: el diputado conectado con el mundo gamer y, detrás, un hombre proveniente de una familia acomodada. Sostiene que Ganem llegó a la vida pública con ese patrimonio y que las fechas de las escrituras pueden demostrarlo. También habrá quien atribuya los cuestionamientos a la envidia, esa explicación tan cómoda cuando el dinero entra en la conversación. Pero ni la envidia prueba una irregularidad ni la fortuna garantiza inocencia: si alguien pretende acusarlo, tendrá que hacerlo con documentos y no solamente con publicaciones en redes.

Attolini y Ganem representan hoy dos narrativas enfrentadas alrededor de SIMAS Torreón. El diputado exige auditorías e investigaciones; Ganem responde que los señalamientos en su contra no se han convertido en responsabilidades acreditadas. Ninguno tiene la última palabra: para eso existen expedientes, auditorías y autoridades. En política nadie se vuelve culpable por una publicación de redes, queda absuelto por una entrevista ni convierte cada crítica en producto de la envidia.

Al final no hubo confrontación. Dicen que Attolini y Ganem, ambos rijosos por naturaleza —cuando menos en medios y redes sociales—, ni siquiera voltearon a verse durante el vuelo. Tal vez la Dramamine para el mareo también les tranquilizó los ánimos. Tan cerca en el avión y tan distantes en la política, ambos deberán sostener sus dichos con pruebas. La postal fue perfecta: en redes parecía que podían derribar el avión; a bordo, ni se miraron y la verdadera guerra viajó en modo avión.

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