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Editoriales de opinión de
Iván P. Corpus-Lozoya

Hay familias que arreglan sus diferencias en la sala y otras terminan en el juzgado. Pero cuando uno de sus integrantes ocupa un cargo público, el pleito deja de ser privado si aparecen funcionarios, abogados municipales, fiscalías o recursos públicos. Si la lavadora está conectada al Ayuntamiento, alguien debe preguntar quién paga la luz.
En Torreón está la familia Navarro-Arratia. Una disputa sucesoria salpicó la política municipal y, en medio, apareció Víctor Manuel Navarro Arratia, exdirector administrativo del Ayuntamiento y extitular del Sistema Integral de Mantenimiento Vial. Documentos revisados por Al Café Político acreditan una investigación por probable violencia familiar y actuaciones ministeriales; investigación, no condena.
El ingrediente político surgió cuando se atribuyó a Navarro haber presumido que tenía “20 abogados del municipio”. Las capturas forman parte del expediente ante la Fiscalía. La pregunta es inevitable: ¿podía presumirse que el aparato jurídico municipal estaba disponible para diferencias particulares?
El caso de Marina de los Ángeles De Llano Marín escaló más. La presidenta municipal de Mapimí denunció amenazas y un presunto intento de agresión. El conflicto atraviesa Durango y Coahuila. La Fiscalía confirmó una persona detenida. Habib Betancourt, hijo de Marina, afirmó que su hermana, Astrid Betancourt De Llano, permanecía detenida y denunció supuesto hostigamiento contra vehículos de la familia.
Una fuente que asegura conocer a Marina resumió: “Jalaron más para allá, para aquel lado, que para acá. Acá no tuvieron cabida”, en aparente referencia a Durango. No es sentencia; es una línea por revisar.
Y una puerta conduce al Partido del Trabajo. Marina fue candidata del PT a diputada federal por el Distrito VI de Coahuila en 2003. Más de dos décadas después ganó Mapimí encabezando PAN-PRI en 2025. En política, las ideologías a veces parecen tarjetas de puntos.
Ese antecedente lleva a Ricardo Mejía Berdeja, referente del PT en Coahuila. Entre sus operadores en Torreón aparece la familia Ortiz Zorrilla y, particularmente, Luis Ortiz, regidor petista. También circulan fotografías de Astrid Betancourt con Mejía y Ortiz. Una fotografía puede mostrar cercanía política, pero no prueba financiamiento ni conducta ilícita.
También se acusa a Astrid de haber financiado políticamente a Mejía. Hasta ahora no existe públicamente una resolución del INE, movimiento bancario o investigación ministerial que permita afirmarlo como un hecho. El antecedente petista de Marina y la cercanía Mejía-Ortiz están documentados; el supuesto puente económico Astrid-Mejía sigue siendo una hipótesis. Una fotografía puede abrir una investigación, pero todavía no abre una caja fuerte.
En el entorno aparecen César Perales Esparza, exdirector de Seguridad Pública de Torreón, y Flavio García, mencionados en publicaciones y testimonios relacionados con Astrid. Sobre protección institucional, negocios o influencias todavía faltan documentos. Los nombres orientan; las pruebas confirman.
Los casos Navarro y De Llano-Betancourt coinciden en un punto: cuando un problema privado roza estructuras públicas. En uno aparecen supuestos abogados municipales; en el otro, una alcaldesa, policías, fiscalías de Coahuila, instituciones de Durango y conexiones políticas que alcanzan al PT.
Y apenas estamos viendo una rama.
Porque en la nómina municipal de Torreón hay apellidos repetidos, matrimonios, hijos, hermanos y otros parentescos que merecen cruzarse dependencia por dependencia. Algunos podrán justificarse por capacidad; otros tendrán que explicar si llegaron por currículum o porque el árbol genealógico daba buena sombra.
Ese expediente merece nombres, cargos, salarios y documentos.
Será tema de otra entrega de El Bastón de Mando.
Porque, en política, el nepotismo también tiene familia.
La utopía municipal: muebles, fauna y nado sincronizado”
Como gustó tanto aquello de los muebles del Municipio y su fauna, hoy abrimos otra sala: la utopía municipal, ese lugar fantástico donde cada funcionario hace lo que le corresponde, los árboles reciben agua antes de secarse, los aviadores vuelan de verdad y los muebles, contra toda tradición burocrática, algún día pueden moverse.
En este Torreón imaginario, el Ayuntamiento sería una reserva natural organizada: vegetación, fauna, museo del mueble, aviario y albercas para especialistas en nado sincronizado político. El sabino centenario de la Plaza de Armas sería la pieza mayor del jardín. Marcelo “Kiko” Sánchez Adame, desde Medio Ambiente, tendría que cuidarlo; Fernando Villarreal Cuéllar, desde Servicios Públicos, coordinaría mantenimiento y riego. Nadie esperaría a que muriera para comenzar el torneo del “yo sí avisé”. Incluso Fer recogería personalmente la basura si hiciera falta, sin necesidad de convertir cada bolsa en un contrato polémico. El árbol sobrevivió al calor, las sequías y las heladas; lo verdaderamente extraordinario sería que también pudiera sobrevivir a la burocracia.
Habría también un Museo Municipal del Mueble Público, dirigido simbólicamente por Antonio Méndez Vigatá, desde Cultura. Pero en nuestra utopía, Cultura tendría prohibido comportarse como cómoda antigua: museos activos, creadores apoyados y espacios vivos. Un instituto cultural debería hacer exactamente lo contrario que un mueble: mover algo. Cerca estaría Ramón Chufani, en el Instituto Municipal del Deporte. Nadie sería evaluado por cuántos alcaldes consigue sobrevivir, sino por canchas, bombas, albercas, unidades deportivas y usuarios. Cuando la permanencia deja de producir resultados, deja de llamarse experiencia y comienza a formar parte del inventario.
El comedor municipal sería una sucursal imaginaria de Denny’s, donde adversarios políticos desayunarían en mesas separadas, pero suficientemente cerca para intercambiar el teléfono si mañana cambia el viento. Unos pedirían huevos revueltos; otros, memoria selectiva. El mesero preguntaría: “¿juntos o separados?”, y la respuesta sería profundamente lagunera: separados por ahora, pero no me quites esa silla porque quizá mañana nos sentamos juntos. En política las enemistades pueden durar menos que un café caliente y las reconciliaciones suelen llegar antes que la cuenta.
En otra sala aparecería Eduardo Terrazas, ahora desde el IMPLAN. Si su tarea es imaginar el Torreón del futuro, tendría prohibido convertirse en mueble: los muebles siempre miran hacia la misma pared. Y su paso anterior por SIMAS seguiría siendo materia de preguntas. No se trata de adjudicarle personalmente una crisis construida durante años, sino de preguntar qué recibió, qué observó, qué decidió y qué dejó. En nuestra utopía, quien cambia de oficina no cambia también de memoria. Los cajones administrativos tendrían algo todavía más extraño que papeles: explicaciones.
A unos pasos estaría Jorge Luis Juárez Llanas, desde Protección Civil. En esta ciudad fantástica, Protección Civil encontraría el riesgo antes del incendio y no solamente después, cuando llegan el casco, la cinta amarilla y la fotografía. Si existen reportes sobre almacenamiento irregular de combustible, tambos o cualquier otro posible riesgo, se inspeccionaría, documentaría y, si corresponde, denunciaría. El humor negro permite hacer preguntas; las responsabilidades requieren pruebas. Incluso en la utopía hay límites para la imaginación.
Después vendría la fauna. Los burros y mulas jubilados tendrían sombra, agua y descanso, sin necesidad de competir con la fauna política. Las “focas” serían exclusivamente mamíferos marinos y no inspectores; los “aviadores” despegarían desde el aeropuerto y jamás desde una nómina; y los camaleones cambiarían de color por naturaleza, no cada vez que cambia el grupo dominante. Víctor Ramos, desde Plazas y Mercados, aplicaría las mismas reglas para todos; Cristian López, desde Atención Ciudadana, atendería antes de que una protesta obligara a mover el escritorio; y Luis Alberto Morales, desde Movilidad, tendría una misión casi revolucionaria: ordenar el transporte y las calles, no únicamente acomodar las mesas de la política.
También existiría una alberca para el nado sincronizado político, inspirada en la del Parque España. Ahí nadarían funcionarios, exfuncionarios y aspirantes: uno levanta la mano, otro sonríe, un tercero se sumerge cuando aparecen los problemas y todos emergen perfectamente coordinados cuando llega la cámara. Medalla de oro en supervivencia acuática y burocrática.
Pero cuidado: esta utopía no solamente aplica para los muebles que ya conocemos. También servirá para los nuevos funcionarios que vayan llegando de ese desempolvado Grupo Torreón, que comienza nuevamente a sacar rostros, relaciones y viejos expedientes del armario político. Aquí no habrá garantía extendida por pertenecer a la nueva camada ni derecho automático a convertirse en mobiliario. Si llegan caras nuevas con prácticas viejas, cambiará el nombre de la oficina, pero no el museo. Y si quienes regresan creen que experiencia significa propiedad vitalicia del escritorio, convendría recordarles que hasta los muebles antiguos necesitan avalúo antes de volver a exhibirse.
Ese será quizá el principal reto de Miguel Ángel Riquelme: distinguir entre experiencia e inmovilidad, tanto entre quienes ya estaban como entre quienes llegan. Hay servidores públicos que permanecen porque conocen, resuelven y producen; esos sirven. Otros conocen perfectamente quién prepara el café, cuál silla es más cómoda, por dónde llega el jefe y cómo acomodarse cuando cambia el poder; esos ya son mobiliario.
Quizá nuestra utopía no sea tan imposible. Bastaría con que cada dependencia hiciera lo que dice su nombre. Entonces los árboles serían árboles, los burros descansarían, los aviadores regresarían al cielo, las focas volverían al agua y las albercas dejarían de servir como metáfora política.
Y si alguno de los viejos, de los nuevos o de los recién desempolvados comienza a echar raíces demasiado profundas, para eso está Medio Ambiente.
Nada más que Kiko revise bien el cajete antes de que el funcionario se convierta en mueble, el mueble termine convertido en árbol… y el árbol, otra vez, termine seco.
