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Editoriales de opinión de
Iván P. Corpus-Lozoya

La reciente visita de Claudia Sheinbaum a Saltillo dejó algo más que discursos, fotografías y saludos. También sirvió para medir posiciones dentro de Morena rumbo a 2027. Alrededor del encuentro volvieron a aparecer grupos, aspirantes, cercanías y mensajes que difícilmente pueden separarse de la sucesión política que ya comienza a moverse en Torreón. En esa fotografía no sólo aparece Shamir Fernández; también Antonio Attolini y Luis Fernando Salazar, cada uno jugando una partida distinta y tratando de demostrar que tiene algo que ofrecer cuando llegue la hora de repartir las cartas.
Uno de los que sigue haciendo cuentas es Shamir Fernández. El expriista presume entre amigos números que, según él, lo mantienen arriba y, como si fueran estampitas del álbum del Mundial, carga con gráficas para sostener la conversación. A la primera se suma ahora otra más, donde aparece con 42 por ciento de simpatía o preferencia, por encima de Hugo Dávila, con 19; Eduardo Olmos, con 14; Verónica Martínez, con 11; y Antonio Attolini, con 7. El detalle, otra vez, es el mismo: la gráfica luce muy útil para presumirse en corto, pero no muestra ficha técnica, empresa responsable, tamaño de muestra, fecha de levantamiento ni margen de error. En pocas palabras, sirve para la sobremesa, no para dar por definida una candidatura.
Pero durante la visita presidencial ocurrió, según la propia versión de Shamir, algo que alimentó todavía más esa percepción. Fernández asegura que un asesor cercano a Claudia Sheinbaum se le acercó durante el evento, lo felicitó por los números que estaría registrando y le hizo saber que seguía bien colocado frente a otros aspirantes. Shamir interpretó ese gesto como una señal de respaldo. Conviene decirlo con todas sus letras: una cosa es un comentario favorable y otra muy distinta una candidatura amarrada. En política, un saludo dura segundos; el mito que se arma alrededor puede durar meses.
Shamir sí tiene números comprobables. En 2024 consiguió 148 mil 839 votos, equivalentes al 39.66 por ciento, frente a los 175 mil 138 obtenidos por el fallecido alcalde priista Román Alberto Cepeda. Tiene una base electoral real y no necesita inventarse presencia política. Precisamente por eso llama la atención que, pese a sentirse competitivo, diga que no necesariamente buscaría otra vez la alcaldía. Si Morena no llega unido o desde arriba consideran que otro perfil debe representar al movimiento, su alternativa sería una diputación federal. Y entonces pone otro nombre sobre la mesa: el de la diputada federal Cintia Cuevas para Torreón.
El nombre de Cintia Cuevas no aparece de la nada. Después de 2024 quedaron heridas internas sobre quién tenía mejores condiciones para aquella candidatura y cómo se procesó la decisión. Por eso resulta interesante que ahora sea precisamente Shamir quien la mencione como una posibilidad para 2027. ¿Lo dice de dientes para afuera? Puede ser. Colocar hoy a Cintia al frente le permite bajar presión, mostrarse institucional, evitar aparecer desesperado por repetir candidatura y conservar abierta una salida federal. Traducido del idioma político al español de sobremesa: “yo no me aferro”, pero tampoco “me retiro”.
Cintia tendría que leer con cuidado el tablero. No porque carezca de posibilidades ni porque esté condenada de antemano, sino porque podría terminar siendo quien mida primero qué tan fuerte está realmente el adversario mientras otros preservan su capital político. No significa necesariamente que vaya a ser carne de cañón, pero tampoco sería ingenuo descartar ese riesgo. En política abundan los compañeros solidarios… siempre y cuando el golpe se lo lleve otro.
Shamir tampoco juega solo. Antonio Attolini tiene ruta propia. Su estilo confrontativo le garantiza exposición, genera conversación y le permite mantenerse como una figura de oposición permanente. Puede gustar o irritar, pero sería absurdo sacarlo de la ecuación. Si Shamir presume números, Attolini presume activismo, choque y presencia mediática. Son monedas distintas, pero ambas valen cuando llega el momento de negociar.
Luego está Luis Fernando Salazar, quien durante la visita presidencial buscó proyectar un nuevo rostro: menos estridente, más institucional, más acomodado al lenguaje del poder nacional. No significa que haya cambiado su historia; significa que entendió que las candidaturas no sólo se construyen recorriendo colonias. También se construyen hacia arriba, apareciendo donde conviene, con quien conviene y en el momento oportuno. Dicho de otro modo, mientras unos enseñan gráficas y otros se pelean, Luis Fernando parece querer vender la idea de que él sí puede tender puentes con el centro.
Así que Morena tiene por lo menos tres estilos sobre el tablero: Shamir enseñando números y cuidando su futuro; Attolini haciendo ruido, oposición y territorio; y Luis Fernando tratando de presentarse como el político experimentado que puede dialogar arriba sin dejar de disputar abajo. Y todavía está Cintia, cuyo nombre puede terminar siendo una candidatura auténtica o convertirse, dependiendo de cómo se acomoden las piezas, en la salida que permita a otros no exponerse demasiado pronto.
A todo eso hay que agregar al PT. Si Morena y el Partido del Trabajo mantienen su alianza rumbo a 2027, Torreón tampoco será una decisión exclusiva de los morenistas. Habrá que negociar candidatura, regidurías, distritos, posiciones federales y cuotas de representación. Antes de enfrentar al PRI, Morena tendrá que ponerse de acuerdo con Morena y luego sentarse con sus aliados. Ahí es donde las encuestas dejan de ser estampitas y empiezan a convertirse en moneda de cambio.
Y entonces aparece Miguel Ángel Riquelme. No ha confirmado una candidatura para 2027, por lo que cualquier duelo sigue perteneciendo al terreno de los escenarios. Pero resulta revelador que, en la conversación atribuida a Shamir, al actual alcalde se le describa como un “lobo”. Eso no suena a desprecio. Suena a respeto. Y bastante.
Shamir sabe perfectamente que Riquelme no sería cualquier adversario. Conoce Torreón, sus estructuras partidistas y el oficio de una elección cerrada. Por eso la contradicción es tan interesante: Fernández presume números, enseña gráficas, cuenta que un asesor cercano a Sheinbaum lo felicitó y se sabe competitivo, pero cuando aparece Riquelme comienzan las condiciones, la unidad, la diputación federal y hasta la posibilidad de colocar a otra persona en la candidatura municipal.
No necesariamente es miedo. Es cálculo político. Una segunda derrota municipal podría costarle demasiado. Una diputación federal lo mantendría vigente y con margen para esperar mejores tiempos. Si Cintia compite y pierde, Shamir podría decir que él apoyó la unidad. Si Attolini se desgasta en la pelea interna, gana espacio. Si Luis Fernando concentra reflectores, Shamir sigue negociando. Y si Riquelme finalmente no aparece en la boleta, habrá que ver cuánto dura aquello de “yo prefiero la federal”.
Porque en política las renuncias suelen ser reversibles. La pregunta ya no es solamente si Shamir quiere volver a ser candidato. La pregunta es cuándo le conviene admitirlo y a quién le conviene mandar primero a medir el campo de batalla. ¿Cintia es realmente su apuesta o su escudo? ¿Attolini terminará como rival interno o aliado de ocasión? ¿Luis Fernando de verdad trae nuevo rostro o simplemente entendió mejor cómo acercarse al poder? Y, sobre todo, si Shamir está tan fuerte como presume entre sus amigos y hasta suma otra gráfica a su colección, ¿por qué cuando aparece Riquelme comienza a mirar hacia San Lázaro?
Quizá porque rumbo a 2027 Morena todavía no tiene candidato.
Lo que tiene, y de sobra, son aspirantes.
PREGUNTAS OFICIOSAS

¿Quién sacó la ouija en el Cabildo y dio por muerto a Eduardo Olmos?
A poco más de un mes de Halloween y con el Día de Muertos ya asomándose en el calendario, en el Cabildo de Torreón alguien parece haberse adelantado a la temporada. “Es lo que está comenzando a circular. ¿Qué onda con eso?”, fue uno de los mensajes que comenzaron a llegar después de que se compartiera una esquela por el fallecimiento de un Eduardo Olmos, homónimo del secretario del Ayuntamiento y exalcalde de Torreón, Eduardo Olmos Castro. El pequeño detalle es que el funcionario no está muerto ni, hasta donde se sabe, anda de parranda, aunque seguramente algún día quisiera darse ese lujo. La esquela corresponde a otra persona, cuyo fallecimiento se lamenta con absoluto respeto para sus familiares y deudos; el Eduardo Olmos de la política lagunera sigue vivo, en funciones y, pese a uno que otro adversario, bastante lejos todavía de necesitar coronas.
Lo que volvió políticamente sabroso el asunto es que, según versiones que comenzaron a circular entre integrantes del propio Cabildo, Flor de María Cardona Ibarra, cuarta regidora y suplente de Ximena Villarreal Blake, habría compartido la supuesta noticia creyendo que se trataba de su propio jefe político-administrativo. No hay elementos públicos para afirmar que ella haya originado la confusión, pero la ironía se sirve sola: una edil que ha comenzado a pedir que se revisen y verifiquen asuntos del Cabildo terminó vinculada con una información que, aparentemente, nadie verificó antes de compartir. Una cosa es sacar la lupa para los dictámenes y otra muy distinta sacar la ouija para mandar por WhatsApp la esquela del secretario.
Y quizá ahí está la verdadera historia: pocos parecían acordarse de que Flor Cardona ocupaba una silla en el Cabildo hasta que apareció un “muerto” que seguía trabajando. Antes de compartir, la regidora bien pudo verificar, porque de seguir así la oposición terminará llegando a las sesiones vestida de Cazafantasmas cada vez que vea entrar a Olmos, mientras uno que otro revivirá Ghost: la sombra del amor.
Pregunta Oficiosa: ¿quién sacó la ouija en el Ayuntamiento y logró revivir políticamente a una regidora mientras daba por muerto al secretario?
Porque, al final, cuando voltearon hacia el supuesto difunto, ahí estaba Eduardo Olmos: vivito, coleando y todavía despachando.

Del rancho y los burritos a la gayola: ¿qué le pasó a Fernando Villarreal?
Fernando Villarreal Cuéllar parece empeñado en no quedarse fuera de ninguna fotografía. Y en los funerales, ¡él quería ser el difunto! Durante el evento de jubilación de los burros municipales, los reflectores se los llevaron el alcalde Miguel Riquelme y el senador Gabriel Elizondo, así que el todavía director de Servicios Públicos no tardó demasiado en utilizar sus redes para presumir que también había adoptado dos burritos. Hasta ahí, todo bien; lo curioso fue la sesión fotográfica, porque los seres sintientes parecían menos interesados en posar que el propio funcionario.
Pero lo que realmente llamó la atención fue el rancho mostrado en las imágenes: un terreno amplio, con nogales, escobas, botes y, según dicen, hasta trabajadores escondidos vestidos con el conocido naranja de la famosa “ola naranja”. Vaya espacio tiene Villarreal; tanto, que algunos de sus compañeros y excolegas quizá ya estén pensando en pedirle adopción.
La postal campirana dejó preguntas interesantes: ¿será que en ese rancho también descansan algunos integrantes de la “ola naranja” cuya presencia física no termina de cuadrar con la nómina?, ¿las escobas y los botes también fueron de paseo?
Y mientras los burritos encontraron lugar de sobra, quien al parecer no encontró silla fue el propio Villarreal. Cuentan asistentes a otro evento municipal que Fernando llegó tarde, cuando el presidium ya estaba acomodado, y terminó entre el público, pero desde gayola. La versión sostiene que no le gustó nada quedarse abajo y que habría hecho evidente su molestia por no haber sido colocado entre quienes encabezaban el acto.
Si así ocurrió, quizá alguien de protocolo tenga que explicarle que las sillas del presidium no vienen escrituradas junto con el nombramiento y que llegar tarde, incluso en política, todavía tiene consecuencias.
Así que la Pregunta Oficiosa se sirve sola: ¿Fernando Villarreal quiere rancho, burros, ola naranja y también asiento reservado en cada presidium?, ¿se ha vuelto demasiado importante la fotografía para el director de Servicios Públicos?, ¿o simplemente anda sensible cuando los reflectores apuntan hacia otro lado?
Porque adoptar burritos habla bien de cualquiera, pero querer ser protagonista de todo ya es otra historia. Lo paradójico es que los animales parecen haberse adaptado tranquilamente a su nuevo lugar; quien todavía batalla con eso de aceptar dónde le toca sentarse, según cuentan, podría ser el funcionario.
