
¿Qué hacía Plazas y Mercados mientras construían a Chilo?

Los Lonches Chilo fueron el pretexto. El verdadero platillo está en Plazas y Mercados, porque resulta difícil explicar que una estructura comercial pueda levantarse sobre una banqueta, prácticamente en la esquina de Rodríguez Triana y Diagonal Las Fuentes, sin que aparentemente nadie de las áreas encargadas de vigilar el espacio público se dé cuenta.
No apareció en una noche. Hubo materiales, mano de obra, cimentación y suficientes horas para que alguien preguntara qué estaban haciendo. Pero nadie preguntó, al menos no antes de que llegaran las cámaras. En Torreón acaba de descubrirse una nueva modalidad: la obra pública tarda meses; la obra sobre espacio público avanza en modo incógnito.
El reporte ciudadano difundido este jueves señaló que la estructura ocupa parte de la banqueta, presuntamente afecta una rampa para personas con discapacidad y genera dudas sobre la visibilidad en el crucero. Eso necesita dictámenes técnicos, pero permite preguntar: ¿quién autorizó construir ahí y cómo Plazas y Mercados no detectó una estructura fija mientras estaba naciendo?
El asunto conduce a Víctor Ramos Galindo, titular de Plazas y Mercados, quien ha defendido públicamente la aplicación del reglamento. Durante las protestas de comerciantes por cuotas y dimensiones de los espacios declaró que su tarea consistía en “poner orden en donde hay desorden”. También aseguró que no se otorgaría “un solo permiso más” para venta ambulante en el Centro Histórico. El discurso es claro: para vender en la calle hay reglas. Falta saber si funcionan cuando alguien saca la cuchara, mezcla cemento y comienza a construir.
A esta columna llegó ahora una versión que anticipa la defensa administrativa: sí existiría un permiso, pero sería muy antiguo. Una fuente sostiene que Plazas y Mercados lleva más de 20 años sin entregar nuevas autorizaciones para puestos fijos por la saturación y porque las concesiones deben pasar por el Cabildo. La afirmación necesita documentos. Lo comprobable es que el Municipio sí entrega permisos provisionales por temporada, pero una autorización temporal no equivale a una concesión permanente.
La fuente señala que el supuesto permiso de Chilo habría permanecido rezagado más de dos décadas y que fue “rescatado”, adquirido al propietario original o reactivado mediante un pago de entre dos mil y tres mil pesos en Tesorería. Nada está acreditado. No se cuenta con copia del documento, nombre del titular original, fecha, ubicación autorizada, refrendos ni autorización para cambiar de propietario.
El Reglamento de Mercados, Plazas y Sitios Públicos de Torreón establece que los derechos no pueden cederse sin autorización municipal, contempla como motivo de clausura traspasar una concesión sin aprobación y prohíbe construcciones sin permiso. Si el documento fue comprado, heredado o encontrado en un archivo, también debe aparecer la autorización para transmitirlo. Los permisos municipales no son estampitas coleccionables ni títulos de propiedad portátiles.
Y aun suponiendo que el permiso comercial existe y sigue vigente, falta responder lo fundamental: ¿autorizaba vender o autorizaba construir?
El trámite municipal para ocupar la vía pública corresponde a Control Urbano, es temporal y busca garantizar el libre tránsito. Por separado, una licencia de construcción exige acreditar propiedad o posesión, presentar planos y uso de suelo. En castellano y sin sello: una cosa es tener permiso para vender, otra ocupar la banqueta y una tercera echar cemento. Un papel de hace 20 años no demuestra que siga vigente, corresponda a esa ubicación o permita levantar una estructura.
Y aquí entra la parte delicada del café. El primer mensaje recibido decía: “Ya me pasaron el dato: 200 mil pesos. 100 para Plazas y Mercados”. Después añadía: “Que porque como ya se van les vale madre”. La nueva fuente también habla de 200 mil pesos que el propietario presuntamente habría entregado para instalarse sobre esa banqueta, pero no identifica con pruebas a los receptores ni presenta documentación del supuesto pago.
La administración puede desmontarla de una manera sencilla: abrir el expediente. Que se conozca quién solicitó el espacio, a nombre de quién quedó registrado, qué autorizó Plazas y Mercados y qué se pagó en Tesorería. Que aparezcan el permiso antiguo, sus refrendos, la autorización para cambiar de titular, el permiso para ocupar la banqueta, la licencia de Urbanismo, el dictamen de Vialidad y el acta del inspector.
Si existe todo eso, la sospecha muere por documentación. Si no existe, habrá que explicar por qué Chilo consiguió instalarse sin que apareciera alguien con reglamento, cinta métrica y recibo en mano.
Plazas y Mercados tampoco llega a este episodio recién salida del spa. Durante abril atravesó una reestructuración de sus 22 inspectores que provocó protestas. En ese conflicto apareció Hugo Navarro del Río, identificado como delegado sindical, y se recordó que los inspectores deben regular la vía pública y verificar los espacios autorizados.
Una reestructuración debería mejorar el control, no perfeccionar la capacidad institucional de no ver un local mientras se construye. Si aparecen más estructuras similares sobre espacio público, el problema dejará de llamarse Chilo y comenzará a llamarse método.
Lo extraordinario sigue siendo la velocidad. Los muchachos de Chilo parecen trabajar con otro calendario: primero construyen y después el Ayuntamiento descubre la obra.
Es humor negro, porque detrás existe un problema serio. El Ayuntamiento debe saber qué se construye sobre su propiedad; Plazas y Mercados, quién ocupa la vía pública; Urbanismo, si existe licencia; y Vialidad, si el crucero conserva condiciones seguras.
Si una estructura atraviesa todos esos filtros sin que nadie advierta su existencia, el problema puede ser corrupción, negligencia o descoordinación. Las tres posibilidades son malas; solamente una implica una conducta delictiva y por eso no deben confundirse sin pruebas.
La fuente anticipa que el asunto terminará en Jurídico, con el Municipio intentando retirar la estructura y el comerciante defendiendo el permiso antiguo. Si ocurre, el pleito deberá resolverse con fechas, folios, planos y autorizaciones, no con versiones de pasillo. Víctor Ramos tiene ahora una oportunidad que muchos funcionarios quisieran: los documentos pueden hablar por él.
Si existe permiso, que aparezca; si fue reactivado, que se exhiba el trámite; si cambió de propietario, que se muestre la autorización; si Urbanismo autorizó, que conste; si un inspector revisó la obra, que presente su acta. Y si el señalamiento sobre los supuestos 200 mil pesos es falso, una revisión de Contraloría debería despejar la sospecha con papeles, no con declaraciones.
Lo difícil de explicar sería descubrir que no existe autorización, que nadie inspeccionó la construcción y que la primera alerta surgió gracias a un reporte ciudadano. Entonces la pregunta dejaría de ser quién señaló a Víctor Ramos y pasaría a ser: ¿qué estaba haciendo Plazas y Mercados mientras construían frente a sus narices?
Los Lonches Chilo fueron el pretexto. Una estructura pequeña encendió los reflectores sobre una dependencia acostumbrada a decidir quién puede ocupar un pedazo de la calle y quién debe retirarse.
Ahora falta saber si, cuando la luz llegue al fondo del expediente, encontrará un permiso perfectamente integrado o solamente una banqueta ocupada, un documento resucitado y demasiadas preguntas sin firma.}
PREGUNTAS OFICIOSAS

¿Felipe González compartía un RZR con Víctor Navarro?
Ahora que la Coahuila 1000 encendió motores del 13 al 16 de agosto, también comenzó a circular una pregunta fuera de competencia: ¿el diputado Felipe González Miranda compartía un vehículo todoterreno con Víctor Navarro Arratia? Técnicamente, la unidad mostrada en las capturas parece ser un Can-Am Maverick X3 modelo 2021, no un Polaris RZR. La diferencia no es menor ni barata: el Maverick X3 2026 comienza en 483 mil 900 pesos, mientras la versión X rs Turbo RR parte de 766 mil 900 pesos, sin transporte ni preparación, según el sitio oficial de Can-Am México.
Versiones surgidas al interior sostienen que González y Navarro presuntamente habrían compartido el vehículo. Una conversación enviada a esta redacción muestra fotografías del Can-Am y de una camioneta Silverado acompañadas por el mensaje: “Los anda vendiendo Víctor, el de Felipe”. En el mercado de seminuevos, unidades Maverick X3 modelo 2021 semejantes se anuncian entre 475 mil y 599 mil pesos, dependiendo del equipamiento, modificaciones, kilometraje y situación documental. Las capturas, sin embargo, no demuestran quién pagó el vehículo, quién aparece en la factura ni bajo qué acuerdo era utilizado.
El remate llegó la noche de este jueves: una fuente presente en la cena-gala show de la Coahuila 1000 reportó que Felipe González llegó acompañado de Elías Ramón Chufani Vázquez, director del Instituto Municipal del Deporte de Torreón. La misma versión atribuye a González haber impulsado la llegada de Chufani al Municipio, aunque no existe documento público que lo compruebe. Llegar juntos tampoco demuestra una irregularidad, pero en política las compañías mandan mensajes y las fotografías suelen hablar más fuerte que los discursos. Felipe puede aclarar si el Can-Am era suyo, de Navarro o compartido; mientras tanto, el refrán queda servido: dime con quién llegas a la cena y te diré con quién compartes la ruta, el volante… o el RZR. En la Coahuila 1000 gana quien deja atrás a sus rivales; en la política, las huellas que más pesan son las de las compañías y las facturas.

¿Quiénes arrancaron en primera fila y quiénes fueron enviados a pits?
A más de un funcionario le llegó un respiro —casi puente sin decreto— con las minivacaciones involuntarias que les habría concedido Miguel Ángel Riquelme Solís: según versiones, este sábado no se realizaría la tradicional reunión de seguridad de las siete de la mañana, porque el alcalde cambió por unas horas la mesa de mando por el rugido de la Coahuila 1000, cuya cena de bienvenida encabezó este jueves junto al gobernador Manolo Jiménez. La competencia también se ha convertido en pasarela de una élite política, donde funcionarios y exfuncionarios descubrieron su amor por el polvo y, según cuentan, algunos incluso compraron vehículos todoterreno —RZR o Can-Am, para hablar con precisión mecánica— para sus hijos. Sin embargo, esta vez el recorrido más accidentado ocurrió entre las mesas: asistentes aseguran que Miguel Felipe Mery Ayup llegó y se retiró solo, sin un acercamiento visible del gobernador ni del alcalde, escena interpretada en los corrillos como una posible factura política después de que, según versiones, habría mostrado inconformidad por no ser elegido para suceder a Román Cepeda. Algunos cepedistas llegaron por obligación protocolaria; otros, a diferencia de años anteriores, prefirieron quedarse en casa, mientras que los pocos asistentes de ese grupo parecieron recorrer la calle de la amargura, ante la indiferencia de quienes antes buscaban cualquier oportunidad para acercarse a la familia del entonces alcalde. En la Coahuila 1000 todos presumen máquina, casco y potencia, pero la carrera verdaderamente despiadada no se disputó sobre la terracería: fue por conservar un lugar en la fotografía del poder, donde algunos todavía arrancan en primera fila y otros ya fueron enviados a pits, sin explicación ni bandera de regreso.
